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llevaba a la superficie, sin sentir en lo más mínimo su enor-me peso ni sus poderosas convulsiones. Al fin fue clareándose la masa de cachalotes y las aguas re-cobraron su tranquilidad. Sentí que ascendíamos a la super-ficie. Una vez en ella, se abrió la escotilla, y nos precipitamos a la plataforma. El mar estaba cubierto de cadáveres mutilados. Una for-midable explosión no habría dividido, desgarrado, descuar-tizado con mayor violencia aquellas masas carnosas. Flotá-bamos en medio de cuerpos gigantescos, azulados por el lomo y blancuzcos por el vientre, y sembrados todos de enormes protuberancias como jorobas. Algunos cachalotes, espantados, huían por el horizonte. El agua estaba teñida de rojo en un espacio de varias millas, y el Nautilus flotaba en medio de un mar de sangre. El capitán Nemo se unió a nosotros, y dirigiéndose a Ned Land, dijo: ¿Qué le ha parecido? El canadiense, en quien se había calmado el entusiasmo, respondió: Pues bien, señor, ha sido un espectáculo terrible, en efecto. Pero yo no soy un carnicero, soy un pescador, y esto no es más que una carnicería. Es una matanza de animales dañinos cuchillo de carnicero. Yo prefiero mi arpón A cada cual sus armas respondió el ca-pitán y el Nautilus no es un replicó el canadiense. dijo el capitán, mirando fija-mente a