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Se comprende que no se tratara de sumergirse llenando los depósitos, pues aparte de que no habrían bastado para aumentar suficientemente el peso específico del Nautilus, al remontarse a la superficie habría que expulsar la sobrecarga de agua y las bombas no tendrían la potencia necesaria para vencer la presión exterior. El capitán Nemo resolvió buscar el fondo oceánico por una diagonal suficientemente alargada, por medio de sus planos laterales, a los que se dispuso en un ángulo de 45'. Se llevó a la hélice a su máximo de revoluciones y su cuádruple paleta azotó el agua con una extraordinaria violencia. Bajo esta poderosa presión, el casco del Nautilus se estremeció como una cuerda sonora y se hundió con regularidad en las aguas. Apostados en el salón, el capitán y yo observábamos la aguja del manómetro, que se desviaba rápidamente. Pronto sobrepasamos la zona habitable en que residen la mayoría de los peces. Si algunos de ellos no pueden vivir más que en la superficie de los mares o de los ríos, otros, me-nos numerosos, se mantienen a profundidades bastante grandes. Entre éstos vi al hexanco, especie de perro marino provisto de seis hendiduras respiratorias; al telescopio, de ojos enormes, al malarmat acorazado, de dorsales grises y pectorales negras, protegidas por un peto de rojas placas óseas, y, por último, al lepidópodo, que, a los mil doscientos metros de profundidad en que vivía, soportaba una presión de ciento veinte atmósferas. Pregunté al capitán Nemo si había visto peces a profundidades aún mayores. ¿Peces? me respondió . Raramente. Pero ¿qué se supo-ne, qué se sabe, en el estado actual de la ciencia? Se sabe, capitán, que al descender hacia las bajas capas del océano la vida vegetal desaparece más rápidamente que la vida animal. Se sabe que allí donde se encuentran aún se-res animados no vegeta ya una sola hidrófita. Se sabe que las peregrinas y las ostras llegan a vivir a dos mil metros de pro-fundidad y que Mac Clintock, el héroe de los mares polares, sacó una estrella viva desde una profundidad de dos mil qui-nientos metros. Se sabe que la tripulación del Bull Dog, de la Marina real, pescó una asteria a dos mil seiscientas brazas, o sea, a una profundidad de más de una legua. Pero quizá me diga usted, capitán, que no se sabe nada. No, señor profesor respondió el capitán , no incurriré en tal descortesía. Pero sí le preguntaré cómo se explica us-ted que haya seres que puedan vivir a tales profundidades. Lo explico por dos razones respondí . Ante todo, por-que las corrientes verticales, determinadas por las diferen-cias de salinidad y de densidad de las aguas, producen un movimiento que basta para mantener la vida rudimentaria de las encrinas y las asterias. Muy justo dijo el capitán. Y además, porque si el oxígeno es la base de la vida, se sabe que la cantidad de oxígeno disuelto en el agua marina aumenta con la profundidad en lugar de disminuir, y que la presión de las capas bajas contribuye a comprimirlo.