Los temores de Ned Land estaban justificados. En estos mares privados de islas no era
posible ninguna tentativa de evasión. Ningún medio de oponerse a la voluntad del capi-tán
Nemo. No había otro partido que el de someterse. Pero lo que no cabía ya esperar de la
fuerza o de la astucia, podía obtenerse, me decía yo, por la persuasión. Terminado el via-je,
¿no accedería el capitán Nemo a devolvernos la libertad bajo el juramento de no revelar
jamás su existencia? jura-mento de honor que cumpliríamos escrupulosamente. Pero había
que tratar de esta delicada cuestión con el capitán, y ¿podía yo reclamar nuestra libertad?
¿Acaso no había decla-rado él mismo, desde el principio y muy solemnem V