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indiferencia ante este tema histórico tenía una fácil explicación. En efecto, numerosos peces atraían sus miradas, y cuando pasaban peces, Conseil, arrastrado a los abismos de la clasificación, salía del mundo real. Obliga-do me vi a seguirle y a reanudar así con él nuestros estudios ictiológicos. Aquellos peces del Atlántico no diferían sensiblemente de los que habíamos observado hasta entonces. Rayas de un ta-maño gigantesco, de cinco metros de longitud, dotadas de una gran fuerza muscular que les permitía lanzarse por en-cima de las olas; escualos de diversas especies, entre otros una tintorera de quince pies, de dientes triangulares y agu-dos, cuya transparencia la hacía casi invisible en medio del agua; sagros oscuros, humantinos en forma de prismas y acorazados con una piel con escamas en forma de tubércu-los; esturiones, similares a los del Mediterráneo; singnatos-trompetas, de un pie y medio de longitud, de colores amarllo y marrón, provistos de pequeñas aletas grises, sin dientes ni lengua, que desfilaban como finas y flexibles serpientes. Entre los peces óseos, Conseil anotó los makairas negruz-cos, de tres metros de largo y armados en su mandíbula su-perior de una penetrante espada; peces araña de vivos colo-res, conocidos en la época de Aristóteles con el nombre de dragones marinos, y cuyos aguijones dorsales son muy peli-grosos; llampugas de dorso oscuro surcado por pequeñas rayas azules y con los flancos de oro; hermosas doradas; peces luna, como discos con reflejos azulados que se tornaban en manchas plateadas bajo la iluminación de los rayos sola-res; peces espada de ocho metros de longitud, que iban en grupo, con aletas amarillentas recortadas en forma de hoces y espadas de seis pies de longitud, animales intrépidos, más bien herbívoros que piscívoros, que obedecían a la menor señal de sus hembras como maridos bien amaestrados. Pero la observación de esos especímenes de la fauna ma-rina no me impedía examinar las largas llanuras de la Atlán-tida. A veces, los caprichosos accidentes del suelo obligaban al Nautilus a disminuir su velocidad y a deslizarse, con la pe-ricia de un cetáceo, por estrechos pasos entre las colinas. Cuando el laberinto se hacía inextricable, el aparato se ele-vaba como un aeróstato y, una vez franqueado el obstáculo, recuperaba su rápida marcha a algunos metros del fondo. Admirable y magnífica navegación que recordaba las ma-niobras de un paseo aerostático, con la diferencia de que el Nautilus obedecía sumisamente a la mano de su timonel. Hacia las cuatro de la tarde, el terreno, compuesto gene-ralmente de un espeso fango en el que se entremezclaban las ramas mineralizadas, comenzó a modificarse poco a poco, tornándose más pedregoso, con formaciones conglomera-das, tobas basálticas, lavas y obsidianas sulfurosas. Ello me hizo pensar que las montañas iban a suceder pronto a las lar-gas llanuras, y, en efecto, al evolucionar el Nautilus, vi el ho-rizonte meridional clausurado por una alta muralla que pa-recía cerrar toda salida. Su cima debía sobresalir de la superficie del océano. Debía ser un continente o, al menos, una isla, una de las Canarias o una del archipiélago de Cabo Verde. No habiéndose fijado la posición deliberadamente, acaso , yo la ignoraba. En todo caso, me pareció que esa muralla debía marcar el fin de la Adántida, de la que apenas habíamos recorrido una mínima porción. La caída de la noche no interrumpió ֗2