En medio de los dédalos de piedras que surcaban el fon-do del Atlántico, el capitán Nemo
avanzaba sin vacilación. Conocía la oscura ruta. No cabía duda de que la había reco-rrido a
menudo y que no temía perderse. Yo le seguía con una confianza inquebrantable. Me
parecía ser uno de los ge-nios del mar, y al verlo andar ante mí, admiraba su alta esta-tura
que se recortaba en negro sobre el fondo luminoso del horizonte.
Era ya la una de la madrugada. Habíamos llegado a las primeras rampas de la montaña.
Pero para abordarlas había que aventurarse por los difíciles senderos de una vasta espesura.
Sí, una espesura de árboles muertos, sin hojas, sin sa-via, árboles mineralizados por la
acción del agua y de entre los que sobresalían aquí y allá algunos pinos gigantescos. Era
como una hullera aún en pie, manteniéndose por sus raíces sobre el suelo hundido, y cuyos
ramajes se dibujaban netamente sobre el techo de las aguas, a la manera de esas fi-guras
recortadas en cartulina negra. Imagínese un bosque del Harz, agarrado a los flancos de una
montaña, pero un bosque sumergido. Los senderos estaban llenos de algas y de fucos, entre
los que pululaba un mundo de crustáceos. Yo iba escalando las rocas, saltando por encima
de los troncos abatidos, rompiendo las lianas marinas que se balanceaban de un árbol a
otro, y espantando a los peces que volaban de rama en rama. Excitado, no sentía la fatiga, y
seguía a mi guía incansable.
¡Qué espectáculo tan indescriptible! ¡Cómo decir el as-pecto de esos árboles y de esas rocas
en ese medio líquido, e