Test Drive | Page 22

enderezó el rumbo al Noroeste y, al día siguiente, la hélice de la fragata batía, al fin, las aguas del Pacífico. ¡Abre el ojo! ¡Abre el ojo! repetían los marineros del Abraham Lincoln. Y los abrían desmesuradamente. Los ojos y los catalejos, un poco deslumbrados, cierto es, por la perspectiva de los dos mil dólares, no tuvieron un instante de reposo. Día y no-che se observaba la superficie del océano. Los nictálopes, cuya facultad de ver en la oscuridad aumentaba sus posibili-dades en un cincuenta por ciento, jugaban con ventaja en la conquista del premio. No era yo el menos atento a bordo, sin que me incitara a ello el atractivo del dinero. Concedía tan sólo algunos minu-tos a las comidas y algunas horas al sueño para, indiferente al sol o a la lluvia, pasar todo mi tiempo sobre el puente. Unas veces inclinado sobre la batayola del castillo y otras apoyado en el coronamiento de popa, yo devoraba con ávi-da mirada la espumosa estela que blanqueaba el mar hasta el límite de la mirada. ¡Cuántas veces compartí la emoción del estado mayor y de la tripulación cuando una caprichosa ba-llena elevaba su oscuro lomo sobre las olas! Cuando eso su-cedía, se poblaba el puente de la fragata en un instante. Las escotillas vomitaban un torrente de marineros y oficiales, que, sobrecogidos de emoción, observaban los movimien-tos del cetáceo. Yo miraba, miraba hasta agotar mi retina y quedarme ciego, lo que le hacía decirme a Conseil, siempre flemático, en tono sereno: Si el señor forzara menos los ojos, vería mejor. ¡Vanas emociones aquellas! El Abraham Lincoln modifi-caba su rumbo en persecución del animal señalado, que re-sultaba ser una simple ballena o un vulgar ca chalote que pronto desaparecían entre un concierto de imprecaciones. El tiempo continuaba siendo favorable y el viaje iba trans-curriendo en las mejores condiciones. Nos hallábamos en-tonces en la mala estación austral, por corresponder el mes de julio de aquella zona al mes de enero en Europa, pero la mar se mantenía tranquila y se dejaba observar fácilmente en un vasto perímetro. Ned Land continuaba manifestando la más tenaz incre-dulidad, hasta el punto de mostrar ostensiblemente su de-sinterés por el examen de la superficie del mar cuando no es-taba de servicio o cuando ninguna ballena se hallaba a la vista. Y, sin embargo, su maravillosa potencia visual nos hu-biera sido muy útil. Pero de cada doce horas, ocho por lo menos las pasaba el testarudo canadiense leyendo o dur-miendo en su camarote. Más de cien veces le reconvine por su indiferencia. ¡Bah! respondía , no hay nada, señor Aronnax, y aun-que existiese ese animal, ¿qué posibilidades tenemos de ver-lo, corriendo, como lo estamos haciendo, a la aventura? Se ha dicho que se vio a esa bestia en los altos mares del Pacífi-co, lo que estoy dispuesto a admitir, pero han pasado ya más de dos meses desde ese hallazgo, y a juzgar por el tempera-mento de su narval no parece gustarle enmohecerse en los mismos parajes. Parece estar dotado de una prodigiosa faci-lidad de desplazamiento. Y usted sabe mejor que yo,