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Pero este canal acabará colmándose un día, ¿no? Es probable, señor Aronnax, pues desde 1866 han surgi-do ya ocho pequeños islotes de lava frente al puerto San Ni-colás de Palca Kamenni. Es, pues, evidente, que Nea y Palea se reunirán un día no lejano. Si en medio del Pacífico son los infusorios los que forman los continentes, aquí son los fenó-menos eruptivos. Mire usted el trabajo que está realizándose bajo el mar. Volví al cristal. El Nautilus parecía inmóvil. El calor era ya intolerable. Del blanco el mar había pasado al rojo, coloración debida a la presencia de una sal de hierro. Pese a que el salón estaba herméticamente cerrado, había sido invadido por un olor sulfuroso absolutamente insoportable. Veía llamas escar-latas cuya vivacidad apagaba el brillo de la electricidad. Estaba sudando a mares, me asfixiaba, iba a cocerme. Sí, me sentía literalmente cocido. No podemos permanecer en esta agua hirviente No, no sería prudente dije al capitán. respondió el impasible capitán. A una orden del capitán Nemo, el Nautilus viró de bordo y se alejó de aquel horno al que no podía desafiar impune-mente por más tiempo. Un cuarto de hora después, respirábamos el aire libre, en la superficie del mar. Se me ocurrió pensar entonces que si Ned hubiera escogido esos parajes como escenario de nuestra fuga no habríamos podido salir vivos de ese mar de fuego. Al día siguiente, 16 de febrero, abandonamos aquella re-gión que, entre Rodas y Alejandría, tiene fondos marinos de tres mil metros. Tras pasar a lo largo de Cerigo y doblar el cabo