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Así, pues, aquí está la verdadera existencia. Yo podría concebir la fundación de ciudades náuticas, de aglomera-ciones de casas submarinas [L14] que, como el Nautílus, ascende-rían cada mañana a respirar a la superficie del mar, ciudades libres como no existe ninguna, ciudades independientes. Pero quién sabe si algún déspota... El capitán Nemo interrumpió su frase con un gesto vio-lento. Luego, como para expulsar un pensamiento funesto, se dirigió a mí diciéndome: Señor Aronnax, ¿sabe usted cuál es la profundidad del océano? Sé al menos, capitán, lo que nos han revelado los princi-pales sondeos hechos hasta la fecha. ¿Podría usted citarlos, para que yo pueda controlarlos? He aquí algunos respondí , o por lo menos los que me vienen ahora a la memoria. Si no me equivoco, se ha hallado una profundidad media de ocho mil doscientos metros en el Atlántico Norte y de dos mil quinientos metros en el Medi-terráneo. Los sondeos más notables efectuados en el Atlánti-co Sur, cerca de los treinta y cinco grados, han dado doce mil metros, catorce mil noventa y un metros y quince mil ciento cuarenta y nueve metros. En resumen, se estima que si el fondo del mar estuviera nivelado su profundidad media se-ría de unos siete kilómetros[L15] . Bien, señor profesor respondió el capitán Nemo , es-pero mostrarle algo mejor. En cuanto a la profundidad me-dia de esta parte del Pacífico, puedo informarle de que es so-lamente de cuatro mil metros. Dicho esto, el capitán Nemo se dirigió hacia la escotilla y desapareció por la escalera. Le seguí y me dirigí al gran salón. En seguida, la hélice se puso en movimiento y la corredera acusó una velocidad de veinte millas por hora. Durante los días y las semanas siguientes, vi al capitán Nemo muy pocas veces. Su segundo echaba regularmente el punto, que se consignaba en la carta, de tal suerte que yo po-día seguir exactamente la ruta del Nautílus. Conseil y Land pasaban mucho tiempo conmigo. Conseil había relatado a su amigo las maravillas de nuestro paseo, y el canadiense lamentaba no habernos acompañado. Pero yo esperaba que se presentaría nuevamente una ocasion para visitar los bosques oceánicos. Durante algunas horas y casi todos los días se descubrían los observatorios del salón y nuestras miradas no se cansa-ban de penetrar en los misterios del mundo submarino. El rumbo general del Nautílus era Sudeste y se mante-nía entre cien y ciento cincuenta metros de profundidad. Un día, sin embargo, por no sé qué capricho, navegando diagonalmente por medio de sus planos inclinados, alcanzó las capas de agua situadas a dos