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Anastasio Ovejero Bernal
ción de una serie de trabajos que cuestionaban, básicamente, el modo
dominante de hacer psicología social, tuvo una serie de consecuencias
sobre cuya valoración no existe unanimidad. Como dice Torregrosa (1981,
pág. IX), «existen discrepancias respecto a la naturaleza de la misma, o de
los posibles caminos para superarla, pero en lo que sí parece existir considerable acuerdo es en el hecho mismo de la crisis», hasta el punto de que
se cuentan por cientos de libros y artículos sobre este tema. Ya Jiménez
Burillo (1981a) hablaba de más de doscientas publicaciones. También en
nuestro país son relativamente abundantes los trabajos sobre esta crisis
(Torregrosa, 1974; Jiménez Burillo, 1977, 1981; Rodríguez González, 1977;
Blanco, 1980; Ibáñez, 1983; Garrido, 1982; Ovejero, 1984a, 1984b, 1991c;
etc.). Mientras que para unos no hubo crisis o se trató de una «perturbación menor» (Jones, 1985) y para otros la crisis ya ha pasado (Festinger,
1980, Páez y cols., 1992), para algunos, en cambio, sus efectos han sido
profundos, irreversibles y duraderos (Ibáñez, 1990). En todo caso, a mi
modo de ver, resulta difícil comprender la psicología social actual sin tener
en cuenta la crisis.
Ahora bien, ¿cuáles fueron las causas y las consecuencias de tal crisis?
Las causas son varias y de diferente tipo, pero casi todas ellas relacionadas,
de una u otra forma, en mi opinión, con el origen de la propia psicología
social, y las consecuencias van a ser también diversas, pero positivas (una
mayor relevancia social, una mayor pluralidad metodológica, una mayor
aproximación entre las dos psicologías sociales, etc.). Y es que tal vez pueda
decirse que la psicología social ya nació en crisis (Jiménez Burillo, 1980),
al verse obligada a elegir ya desde sus comienzos entre una línea sociologista y otra psicologista y haberse inclinado mayoritariamente por la psicologista y experimentalista, a causa, entre otras razones, de la influencia en
los años 20 de Floyd Allport. Tal vez por ello, el mayor problema de la psicología social, raíz de su honda crisis, haya sido, a mi modo de ver, la falta
de identidad (Ovejero, 1984b). En este sentido afirma Munné (1986, pág. 71)
que «estamos asistiendo a la lucha por un paradigma dominante. Sin
embargo, lo que está en juego, en el fondo, es la identidad de la psicología
social». Se trataría, pues, como dice Torregrosa (1985), de una crisis constitucional. Es decir, fue una crisis de identidad, provocada por la incapacidad de los paradigmas teóricos existentes para captar el concepto y el
objeto de la psicología social. Desde esta perspectiva ya se entiende mejor
la afirmación de Farberow de que la crisis de la psicología social es crónica,
puesto que es constitucional, o sea, está en sus propios orígenes, en la falta
de definición global de la psicología social en sus momentos iniciales. En
definitiva, «la psicología social, como en parte todas las otras ciencias
sociales, se ha movido y desarrollado en un estado de crisis perpetua desde
su fundación, como consecuencia y como excusa de su doble filiación,
sociológica y psicológica» (Panyella y Rodríguez, 1984, pág. 99).
En todo caso, como defienden autores como Ibáñez (1983) o Crespo
(1995), no podemos entender la crisis de la psicología social si no la enmarcamos en la crisis más global que está afectando al modelo de inteligibili-