—¿Allá abajo?—responde mi tío.
Y cogiendo el anteojo, mira con la mayor atención durante un minuto, que a mí me
parece un siglo.
—¡Sí, sí! —exclama después.
—¿Qué ve usted?
—Una inmensa columna de agua que se eleva por encima del Océano.
—¿Otro animal marino?
—Puede ser.
—Entonces, arrumbemos más hacia el Oeste, porque ya sabemos a qué atenernos por lo
que respecta al peligro de tropezar con estos monstruos antediluvianos.
—No enmendemos el rumbo —responde mi tío.
Vuelvo la vista hacia Hans, y veo que sigue impertérrito con la caña del timón en la
mano.
Sin embargo, si a la distancia que nos separa de este animal, que puede calcularse en
doce leguas lo menos, puede verse la columna de agua que arroja por las narices, debe
tener un tamaño sobrenatural. La más elemental prudencia aconsejaría alejarse; pero no
hemos venido hasta aquí para ser prudentes.
Seguimos, pues, el mismo rumbo. Cuanto más nos aproximamos, más crece el surtidor.
¿Qué monstruo puede tragar tan gran cantidad de agua y arrojarla de este modo sin
interrupción alguna?
A los ocho de la noche nos hallamos a menos de dos leguas de él. Su cuerpo enorme,
negruzco, monstruoso, se extiende sobre el mar como un islote. ¿Es ilusión? ¿Es miedo?
Su longitud me parece que pasa de mil toesas. ¿Qué cetáceo es, pues, éste que ni los
Cuvier ni los Blumenbach han descrito? Se halla inmóvil y como dormido. El mar parece
que no puede levantarlo, rompiendo contra sus costados las olas. La columna de agua,
proyectada a quinientos pies de altura, desciende con ensordecedor estrépito. Corremos
como insensatos hacia esta imponente mole que necesitaría diariamente para su
alimentación cien ballenas.
El terror se apodera de mí. No quiero avanzar más. Cortaré, si es preciso, la driza de la
vela. Me rebelo contra el profesor, que no me responde.
De repente, se levanta Hans, y, señalando con el dedo el punto amenazador, dice:
—Holme!
—Una isla —exclama mi tío.
—¡Una isla —repito a mi vez, encogiéndome de hombros.
—Evidentemente —responde el profesor, lanzando una sonora carcajada.
—Pero, ¿y esta columna de agua?
—Géiser —exclama Hans.
—Un géiser, sin duda alguna —responde mi tío—; un géiser semejan FR