—Ya lo creo! El primero de estos monstruos tiene hocico de marsopa, cabeza de
lagarto, dientes de cocodrilo, y por esto nos ha engañado. Es el ictiosauro, el más temible
de los animales antediluvianos.
—¿Y el otro?
—El otro es una serpiente escondida bajo el caparazón de una tortuga; el plesiosauro,
implacable enemigo del primero.
Hans tiene mucha razón. Sólo dos monstruos turban de esta manera la superficie del
mar, y tengo ante mis ojos dos reptiles de los primitivos océanos. Veo el ojo
ensangrentado del ictiosauro, que tiene el tamaño de la cabeza de un hombre. La
Naturaleza le ha dotado de un aparato óptico de extraordinario poder, capaz de resistir la
presión de las capas de agua en que habita. Se le ha llamado la ballena de los saurios,
porque posee su misma velocidad y tamaño. Su longitud no es inferior a cien pies, y,
cuando saca del agua las aletas verticales de su cola, me hago cargo mejor de su enorme
magnitud. Sus mandíbulas son enormes, y, según los naturalistas, no posee menos de 182
dientes.
El plesiosauro, serpiente de tronco cilíndrico, tiene la cola corta y las patas dispuestas
en forma de remos. Su cuerpo se halla todo él revestido de un enorme carapacho, y su
cuello, flexible como el del cisne, se yergue treinta pies sobre las olas.
Los dos animales se atacan con indescriptible furia. Levantan montañas de agua que
llegan hasta la bolsa, y nos ponen veinte veces a punto de zozobrar. Se oyen silbidos de
una intensidad prodigiosa. Las dos bestias se encuentran enlazadas, no siéndome posible
distinguir la una de la otra. ¡Hay que temerlo todo de la furia del vencedor!
Transcurre una hora, dos, y continúa la lucha con el mismo encarnizamiento. Los
combatientes se aproximan a la balsa unas veces y otras se alejan de ella. Permanecemos
inmóviles, dispuestos a hacer fuego.
De repente, el ictiosauro y el plesiosauro desaparecen produciendo un enorme
remolino. ¿Va a FW&֖