Oesterheld, Héctor – El Eternauta y otros cuentos de ciencia ficción
UNA MUERTE
Yo andaba investigando la muerte del Jon.
Las huellas, luego de contornear todo el pueblo, me llevaron hasta la pequeña
casa junto al río, casi perdida entre los juncos.
No hacía frío, pero igual me subí las solapas del abrigo y hundí las manos en
los bolsillos.
Subí cinco escalones no muy seguros, empujé la puerta, entré.
Jaulas, pajareras por todas partes. De fabricación casera.
Pájaros de colores: cotorras, cardenales, pechos colorados, canarios. Pájaros
grises, pájaros marrones. Grandes y chicos.
Avancé: fue como entrar en una nube de píos, trinos, gorjeos. Y de olor denso,
cálido.
De entre dos pajareras salió el hombre. Tricota agujereada, cabeza blanca.
Ojos curiosamente grandes y claros en el rostro ceniciento, lleno de arrugas;
un rostro muy gastado, pero abierto, cordial.
—Hace tres días... —empecé.
Y me detuve. Me miró por un momento. Miró al piso, volvió a mirarme. Ya nos
estábamos entendiendo.
—¿Amigo suyo?
Asentí.
—¿Sabe lo que..., lo que le pasó?
Volví a asentir.
—Me lo imagino. Sé que estaba muy enfermo.
Me acercó una silla de paja. El se sentó en un cajón vacío.
—Ahora que lo pienso —se rascó la cabeza—, quizás debí decírselo a la
policía.
Pero cuando sucedió no me pareció necesario. No hubieran comprendido
nada; usted me entiende.
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