Añadió a éstas otras tales y tan comedidas razones, para moverlos a que dijesen lo
que deseaba, que la otra guarda de a caballo le dijo:
–Aunque llevamos aquí el registro y la fe de las sentencias de cada uno destos
malaventurados, no es tiempo éste de detenerles a sacarlas ni a leellas; vuestra
merced llegue y se lo pregunte a ellos mesmos, que ellos lo dirán si quisieren, que
sí querrán, porque es gente que recibe gusto de hacer y decir bellaquerías.
Con esta licencia, que don Quijote se tomara aunque no se la dieran, se llegó a la
cadena, y al primero le preguntó que por qué pecados iba de tan mala guisa. Él le
respondió que por enamorado iba de aquella manera.
–¿Por eso no más? –replicó don Quijote–. Pues, si por enamorados echan a galeras,
días ha que pudiera yo estar bogando en ellas.
–No son los amores como los que vuestra merced piensa –dijo el galeote–; que los
míos fueron que quise tanto a una canasta de colar, atestada de ropa b