–Tan estrema es –respondió Sancho– que si fueran para mi misma persona, no los
hubiera menester más.
Y luego, habilitado con aquella licencia, hizo mutatio caparum y puso su jumento a
las mil lindezas, dejándole mejorado en tercio y quinto.
Hecho esto, almorzaron de las sobras del real que del acémila despojaron, bebieron
del agua del arroyo de los batanes, sin volver la cara a mirallos: tal era el
aborrecimiento que les tenían por el miedo en que les habían puesto.
Cortada, pues, la cólera, y aun la malenconía, subieron a caballo, y, sin tomar
determinado camino, por ser muy de caballeros andantes el no tomar ninguno
cierto, se pusieron a caminar por donde la voluntad de Rocinante quiso, que se
llevaba tras sí la de su amo, y aun la del asno, que siempre le seguía por
dondequiera que guiaba, en buen amor y compañía. Con todo esto, volvieron al
camino real y siguieron por él a la ventura, sin otro disignio alguno.
Yendo, pues, así caminando, dijo Sancho a su amo:
–Señor, ¿quiere vuestra merced darme licencia que departa un poco con él? Que,
después que me puso aquel áspero mandamiento del silencio, se me han podrido
más de cuatro cosas en el estómago, y una sola que ahora tengo en el pico de la
lengua no querría que se mal lograse.
–Dila –dijo don Quijote–, y sé breve en tus razonamientos, que ninguno hay
gustoso si es largo.
–Digo, pues, señor –respondió Sancho–, que, de algunos días a esta parte, he
considerado cuán poco se gana y granjea de andar buscando estas aventuras que
vuestra merced busca por estos desiertos y encrucijadas de caminos, donde, ya
que se venzan y acaben las más eligrosas, no hay quien las vea ni sepa; y así, se
han de quedar en perpetuo silencio, y en perjuicio de la intención de vuestra
merced y de lo que ellas merecen. Y así, me parece que sería mejor, salvo el mejor
parecer de vuestra merced, que nos fuésemos a servir a algún emperador, o a otro
príncipe grande que tenga alguna guerra, en cuyo servicio vuestra merced muestre
el valor de su persona, sus grandes fuerzas y mayor entendimiento; que, visto esto
del señor a quien sirviéremos, por fuerza nos ha de remunerar, a cada cual según
sus méritos, y allí no faltará quien ponga en escrito las hazañas de vuestra merced,
para perpetua memoria. De las mías no digo nada, pues no han de salir de los
límites escuderiles; aunque sé decir que, si se usa en la caballería escribir hazañas
de escuderos, que no pienso que se han de quedar las mías entre renglones.
–No dices mal, Sancho –respondió don Quijote–; mas, antes que se llegue a ese
término, es menester andar por el mundo, como en aprobación, buscando las
aventuras, para que, acabando algunas, se cobre nombre y fama tal que, cuando
se fuere a la corte de algún gran monarca, ya sea el caballero conocido por sus
obras; y que, apenas le hayan visto entrar los muchachos por la puerta de la
ciudad, cuando todos le sigan y rodeen, dando voces, diciendo: ''Éste es el
Caballero del Sol'', o de la Sierpe, o de otra insignia alguna, debajo de la cual
hubiere acabado grandes hazañas. ''Éste es –dirán– el que venció en singular
batalla al gigantazo Brocabruno de la Gran Fuerza; el que desencantó al Gran
Mameluco de Persia del largo encantamento en que había estado casi novecientos
años''. Así que, de mano en mano, irán pregonando tus hechos, y luego, al alboroto
de los muchachos y de la demás gente, se parará a las fenestras de su real palacio
el rey de aquel reino, y así como vea al caballero, conociéndole por las armas o por
la empresa del escudo, forzosamente ha de decir: ''¡Ea, sus! ¡Salgan mis