Cuando Sancho oyó las palabras de su amo, comenzó a llorar con la mayor ternura
del mundo, y a decirle: Señor, yo no sé porque quiere vuestra merced acometer
esta tan tenebrosa aventura; ahora es de noche, aquí no nos ve nadie, bien
podemos torcer el camino y desviarnos del peligro, aunque no bebamos en tres
días; y pues no hay quien nos vea, menos habrá quien nos note de cobardes:
cuanto más que yo he oído muchas veces predicar al cura de nuestro lugar, que
vuestra merced muy bien conoce, que quien busca el peligro perece en él: así que
no es bien tentar a Dios acometiendo tan desaforado hecho, donde no se puede
escapar sino por milagro; y basta lo que ha hecho el cielo con vuestra merced en
librarle de ser manteado como yo lo fui, y en sacarle vencedor, libre y salvo entre
tantos enemigos como acompañaban al difunto; y cuando todo esto no mueva ni
ablande ese duro corazón, muévale el pensar que apenas se habrá vuestra merced
apartado de aquí, cuando yo de miedo dé mi ánima a quien quisiera llevarla. Yo salí
de mi tierra, y dejé hijos y mujer por venir a servir a vuestra merced, creyendo
valer más, y no menos; pero como la codicia rompe el saco, a mí me ha rasgado
mis esperanzas, pues cuando más vivas las tenía de alcanzar aquella negra y
malhadada ínsula que tantas veces vuestra merced me ha prometido, veo que en
pago y trueco della me quiere ahora dejar en un lugar tan apartado del trato
humano: por un solo Dios, señor mío, que non se me faga tal desaguisado; y ya
que del todo no quiera vuestra merced desistir de acometer este fecho, dilátelo a lo
menos hasta la mañana, que a lo que a mí me muestra la ciencia que aprendí
cuando era pastor, no debe de haber desde aquí al alba tres horas, porque la boca
de la bocina está encima de la cabeza, y hace la medianoche en la línea del brazo
izquierdo.
¿Cómo puedes tú, Sancho, dijo Don Quijote, ver donde hace esa línea, ni dónde
está esa boca o ese colodrillo que dices, si hace la noche tan oscura que no parece
en todo el cielo estrella alguna? Así es, dijo Sancho; pero tiene el miedo muchos
ojos, y ve las cosas debajo de tierra, cuanto más encima en el cielo, puesto que por
buen discurso, bien se puede entender que hay poco de aquí al día. Falte lo que
faltare, respondió Don Quijote, que no se ha de decir por mí ahora, ni en ningún
tiempo, que lágrimas y ruegos me apartaron de hacer lo que debía a estilo de
caballero; y así te ruego, Sancho, que calles, que DIos que me ha puesto en
corazón de acometer ahora esta tan no vista y tan hermosa aventura, tendrá
cuidado de mirar por mi salud, y de consolar tu tristeza; lo que has de hacer es
apretar bien las cinchas a Rocinante y quedarte aquí, que yo daré la vuelta presto,
o vivo o muerto.
Viendo, pues, Sancho, la última resolución de su amo, y cuán poco valían con él sus
lágrimas, consejos y ruegos, determinó de aprovecharse de su industria, y hacerle
esperar hasta el día si pudiese; y así, cuando apretaba las cinchas al caballo,
bonitamente y sin ser sentido, ató con el cabestro de su asno ambos piés a
Rocinante, de manera que cuando Don Quijote se quiso partir no pudo, porque el
caballo no se podía mover sino a saltos. Viendo Sancho Panza el buen suceso de su
embuste, dijo: Ea, señor, que el cielo conmovido de mis lágrimas y plegarias ha
ordenado que no se pueda mover Rocinante; y si vos quereis porfiar y espolear y
dale, será enojar a la fortuna y dar coces, como dicen, contra el aguijón.
Desesperábase con esto DOn Quijote, y por más que ponía las piernas al caballo,
no le podía mover; y sin caer en la cuenta de la ligadura, tuvo por bien de
sosegarse, y esperar a que amaneciese, o a que Rocinante se menease, creyendo
sin duda que aquello venía de otra parte que de la industria de Sancho, y así le
dijo: Pues así es, Sancho, que Rocinante no puede moverse, yo soy contento de
esperar a que ría el alba, aunque yo llore lo que ella tardare en venir. No hay que
llorar, respondió Sancho, que yo entretendré a vuestra merced contando cuentos
desde aquí al día, si ya no es que se quiere apear, y echarse a dormir un poco
sobre la verde yerba, a uso de caballeros andantes, para hallarse más descansado