esta parte de abajo, dijo Sancho, no tiene vuestra merced más de dos muelas y
media, ni ninguna, que toda está rasa como la palma de la mano.
¡Sin ventura yo! dijo Don Quijote, oyendo las tristes nuevas que su escudero le
daba, que más quisiera que me hubieran derribado un brazo, como no fuera el de
la espada; porque te hago saber, Sancho, que la boca sin muelas es como el molino
sin piedra, y en mucho más se ha de estimar un diente que un diamante; mas a
todo esto estamos sujetos los que profesamos la estrecha orden de la caballería.
Sube, amigo, y guía, que yo te seguiré al paso que quisieres. Hízolo así Sancho, y
encaminose hacia donde le pareció que podía hallar acogimiento, sin salir del
camino real, que por allí iba muy seguido. Yéndose, pues, poco a poco, porque el
dolor de las quijadas de Don Quijote no le dejaba sosegar, ni atender a darse
priesa, quiso Sancho entretenelle y divertirle diciéndole alguna cosa, y entre otras
que le dijo, fue lo que se dirá en el siguiente capítulo.