encantados no se dejan ver de nadie. Si no se dejan ver, déjanse sentir, dijo
Sancho; si no díganlo mis espaldas. También lo podrían decir las mías, respondió
Don Quijote; pero no es bastante indicio eso para creer que éste que se ve sea el
encantado moro.
Llegó el cuadrillero, y como los halló hablando en tan sosegada conversación quedó
suspenso. Bien es verdad que Don Quijote se estaba boca arriba sin poderse
menear de puro molido y emplastado. Llegóse a él el cuadrillero y díjole: Pues
¿cómo va buen hombre? Hablara yo más bien criado, respondió Don Quijote, si
fuera que vos; ¿úsase en esta tierra hablar desa suerte a los caballeros andantes,
majadero?
El cuadrillero que se vio tratar tan mal de un hombre de tan mal parecer, no lo
pudo sufrir, y alzando el candil con todo su aceite dió a Don Quijote con él en la
cabeza, de suerte que le dejó muy bien descalabrado; y como todo quedó a
oscuras, salióse luego, y Sancho Panza dijo: Sin duda, señor, que este es el moro
encantado, y debe de guardar el tesoro para otros, y para nosotros sólo guarda las
puñadas y los candilazos. Así es, respondió Don Quijote, y no hay que hacer caso
destas cosas de encantamientos, ni para qué tomar cólera ni enojo con ellas, que
como son invisibles y fantásticas, no hallaremos de quién vengarnos, aunque más
lo procuremos.Levántate, Sancho, si puedes, y llama al alcaide desta fortaleza, y
procura que se me dé un poco de aceite, vino, sal y romero, para hacer el salutífero
bálsamo, que en verdad que creo que lo he bien menester ahora, porque se me va
mucha sangre de la herida que esta fantasma me ha dado.
Levantóse Sancho con harto dolor de sus huesos, y fué a oscuras donde estaba el
ventero, y encontrándose con el cuadrillero, que estaba escuchando en qué paraba
su enemigo, le dijo: Señor, quien quiera que seais, hacednos merced y beneficio de
darnos un poco de romero, aceite, sal y vino, que es menester para curar uno de
los mejores caballeros andantes que hay en la tierra, el cual yace en aquella cama
mal ferido por las manos del encantado moro que está en esta venta. Cuando el
cuadrillero tal oyó, túvole por hombre falto de seso; y porque ya comenzaba a
amanecer, abrió la puerta de la venta, y llamando al ventero, le dijo lo que aquel
buen hombre quería. El ventero le proveyó de cuanto quiso, y Sancho se lo llevó a
Don Quijote, que estaba con las manos en la cabeza quejándose del dolor del
candilazo, que no le había hecho más mal que levantarle dos chichones algo
crecidos, y lo que él pensaba que era sangre, no era sino sudor que sudaba con la
congoja de la pasada tormenta. En resolución, él tomó sus simples, de los cuales
hizo un compuesto mezclándolos todos y cociéndolos un buen espacio hasta que le
pareció que estaban en su punto. Pidió luego alguna redoma para echallo, y como
no la hubo en la venta, se resolvió de ponello en una alcuza o aceitera de hoja de
lata, de quien el ventero le hizo grata donación; y luego dijo sobre la alcuza más de
ochenta Pater Noster y otras tantas Ave Marías, Salves y Credos, y cada palabra
acompañaba una cruz a modo de bendición; a todo lo cual se hallaron presentes
Sancho, el ventero y el cuadrillero, que ya el arriero sosegadamente andaba
entendiendo en el beneficio de sus machos.
Hecho esto, quisó él mismo hacer luego la experiencia de la virtud de aquel
precioso bálsamo que él se imaginaba; y así se bebió de lo que no pudo caber en la
alcuza, y quedaba en la olla donde se había cocido casi media azumbre, y apenas lo
acabó de beber cuando comenzó a vomitar de manera que no le quedó cosa en el
estómago, y con las ansias y agitación del vómito le dió un sudor copiosísimo, por
lo cual mandó que lo arropasen y le dejasen solo. Hiciéronlo así, y quedóse dormido
más de tres horas, al cabo de las cuales despertó, y se sintió aliviadísimo del
cuerpo, y en tal manera mejor de su quebrantamiento, que se tuvo por sano, y
verdaderamente creyó que había acertado con el bálsamo de Fierabrás, y que con
aquel remedio podía acometer desde allí adelante sin temor alguno cualesquiera