con aquel progreso tan dulce y tan suave de sus amorosos y fuertes fechos. Pues
desde entonces, de mano en mano fue aquella orden de caballería extendiéndose y
dilatándose por muchas y diversas partes del mundo; y en ella fueron famosos y
conocidos por sus fechos el valiente Amadís de Gaula con todos sus hijos y nietos
hasta la quinta generación, y el valeroso Felixmarte de Hircania, y el nunca como
se debe alabado Tirante el Blanco, y casi que en nuestros días vimos y
comunicamos y oímos al invencible y valeroso caballero don Belianís de Grecia.
Esto, pues, señores, es ser caballero andante, y la que he dicho es la orden de su
caballería, en la cual, como otra vez he dicho, yo, aunque pecador, he hecho
profesión, y lo mismo que profesaron los caballeros referidos, profeso yo; y así me
voy por estas soledades y despoblados buscando las aventuras, con ánimo
deliberado de ofrecer mi brazo y mi persona a la más peligrosa que la suerte me
depare, en ayuda de los flacos y menesterosos.
Por estas razones que dijo, acabaron de enterarse los caminantes que era Don
Quijote falto de juicio, y del género de locura que señoreaba, de lo cual recibieron
la misma admiración que recibían todos aquellos qeu de nuevo venían en
conocimiento della. Y Vivaldo, que era persona muy discreta y de alegre condición,
por pasar sin pesadumbre el poco camino qeu decían que les faltaba a llegar a la
sierra del entierro, quiso darle ocasión a que pasase más adelante con sus
disparates. Y así le dijo: paréceme, señor caballero andante, que vuestra merced
ha profesado una de las más estrechas profesiones que hay en la tierra, y tengo
para mí que aún la de los frailes cartujos no es tan estrecha. Tan estrecha bien
podía ser, respondió nuestro Don Quijote; pero tan necesaria en el mundo, no
estoy en dos dedos de ponello en duda. Porque si va a decir verdad, no hace menos
el soldado que pone en ejecución lo que su capitán le manda, que el mismo capitán
que se lo ordena. Quiero decir, que los religiosos con toda paz y sosiego piden al
cielo el bien de la tierra; pero los soldados y cablleros ponemos en ejecución lo que
ellos piden, defendiéndola con el valor de nuestros brazos y filos de nuestras
espadas; no debajo de cubierta, sino al cielo abierto, puesto por blanco de los
insufribles rayos del sol en el verano, y de los erizados hielos del invierno. Así que
somos ministros de Dios en la tierra, y brazos por quien se ejecuta en ello su
justicia. Y como las cosas de la guerra, y las a ellas tocantes y concernientes no se
pueden poner en ejecución sino sudando, afanando y trabajando excesivamente,
síguese que aquellos que la profesan tienen sin duda mayor trabajo que aquellos
que en sosegada paz y reposo están rogando a Dios favorezca a los que poco
pueden. No quiero yo decir, ni me pasa por pensamiento, que es tan buen estado el
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