con que mira por su honra, que de cuantos la sirven y solicitan ninguno se ha
alabado, ni con verdad se podrá alabar, que le haya dado alguna pequeña
esperanza de alcanzar su deseo. Que puesto que no huye ni es esquiva de la
compañía y conversación de los pastores, y los trata cortés y amigablemente, en
llegando a descubrirle su intención cualquiera dellos, aunque sea tan justa y santa
como la del matrimonio, los arroja de sí como con un trabuco. Y con esta manera
de condición hace más daño en esta tierra que por si ella entrara la pestilencia,
porque su afabilidad y hermosura atraen los corazones de los que la tratan a
servirla y a amarla; pero su desdén y desengaño los conduce a términos de
desesperarse, y así no saben qué decirle sino llamarla a voces cruel y
desagradecida, con otros títulos a este semejantes, que bien la calidad de su
condición manifiestan; y si aquí estuviéredes, señores, algún día, veríades resonar
estas sierras y estos valles con los lamentos de los desengañados que la siguen. No
está muy lejos de aquí un sitio donde hay casi dos docenas de altas hayas, y no
hay ninguna que en su lisa corteza no tenga grabado y escrito el nombre de
Marcela, y encima de alguna una corona grabada en el mesmo árbol, como si más
claramente dijera su amante que Marcela la lleva y la merece de toda la hermosura
humana. Aquí suspira un pastor, allí se queja otro, acullá se oyen amorosas
canciones, acá desesperadas endechas. Cual hay que pasa todas las horas de la
noche sentado al pie de alguna encina o peñasco, y allí, sin plegar los llorosos ojos,
embebecido y trasportado en sus pensamientos, le halla el sol a la mañana; y cual
hay que sin dar vado ni tregua a sus suspiros, en mitad del ardor de la más
enfadosa siesta del verano tendido sobre la ardiente arena, envía sus quejas al
piadoso cielo; y deste y de aquel, y de aquellos y destos, libre y desenfadadamente
triunfa la hermosa Marcela. Y todos los que la conocemos estamos esperando en
qué ha de parar su altivez, y quién ha de ser el dichoso que ha de venir a domeñar
condición tan terrible, y gozar de hermosura tan extremada. Por ser todo lo que he
contado tan averiguada verdad, me doy a entender que también lo es la que
nuestro zagal dijo que se decía de la causa de la muerte de Grisóstomo. Y así os
aconsejo, señor, que no dejéis de hallaros mañana a su entierro, que será muy de
ver, porque Grisóstomo tiene muchos amigos, y no está deste lugar a aquel donde
manda enterrarse media legua.
En cuidado me lo tengo, dijo Don Quijote, y agradézcoos el gusto que me habéis
dado con la narración de tan sabroso cuento. ¡Oh! replicó el cabero. Aun no sé yo la
mitad de los casos sucedidos a los amantes de Marcela; mas podría ser que
mañana topásemos en el camino algún pastor que nos lo dijese; y por ahora bien
será que os vais a dormir debajo de techado, porque el sereno os podría dañar la
herida, puesto que es tal la medicina que se os ha puesto, que no hay que temer de
contrario accidente.
Sancho Panza que ya daba al diablo el tanto hablar del cabrero, solicitó por su
parte que su amo se entrase a dormir en la choza de Pedro. Hízolo así y todo lo
más de la noche se la pasó en memorias de su señora Dulcinea, a imitación de los
amantes de Marcela. Sancho Panza se acomodó entre Rocinante y su jumento, y
durmió, no como enamorado desfavorecido, sino como hombre molido a coces.