furia descargó sobre el vizcaíno, acertándole de lleno sobre la almohada y sobre la
cabeza, que sin ser parte tan buena defensa, como si cayera sobre él una montaña,
comenzó a echar sangre por las narices, y por la boca, y por los oídos, y a dar
muestras de caer de la mula abajo, de donde cayera sin duda, si no se abrazara
con el cuello; pero con todo eso sacó los pies de los estribos, y luego soltó los
brazos, y la mula espantada del terrible golpe dio a correr por el campo, y a pocos
corcovos dio con su dueño en tierra. Estábaselo con mucho sosiego mirando Don
Quijote, y como lo vio caer, saltó de su caballo y con mucha ligereza se llegó a él, y
poniéndole la punta de la espada en los ojos, le dijo que se rindiese; si no, que le
cortaría la cabeza.
Estaba el vizcaíno tan turbado que no podía responder palabra, y él lo pasara mal,
según estaba ciego Don Quijote, si las señoras del coche, que hasta entonces con
gran desmayo habían mirado la pendencia, no fueran adonde estaba y le pidieran
con mucho encarecimiento les hiciera tan grande merced y favor de perdonar la
vida a aquel su escudero; a lo cual Don Quijote respondió con mucho entono y
gravedad: por cierto, fermosas señoras, yo soy muy contento de hacer lo que me
pedís; mas ha de ser con una condición y concerto, y es que este caballero ma ha
de prometer de ir al lugar del Toboso, y presentarse de mi parte ante la sin par
doña Dulcinea, para que ella haga de él lo que más fuere de su voluntad. Las
temerosas y desconsoladas señoras, sin entrar en cuenta de lo que Don Quijote
pedía, y sin preguntar quién Dulcinea fuese, le prometieron que el escudero haría
todo aquello que de su parte le fuese mandado: pues en fe de esa palabra, yo no le
haré más daño, puesto que me lo tenía bien merecido.