Atentísimamente estuvo don Quijote escuchando las razones del canónigo; y
cuando vio que ya había puesto fin a ellas, después de haberle estado un buen
espacio mirando, le dijo:
-Paréceme, señor hidalgo, que la plática de vuestra merced se ha encaminado a
querer darme a entender que no ha habido caballeros andantes en el mundo, y que
todos los libros de caballerías son falsos, mentirosos, dañadores e inútiles para la
república, y que yo he hecho mal en leerlos, y peor en creerlos, y más mal en
imitarlos, habiéndome puesto a seguir la durísima profesión de la caballería
andante, que ellos enseñan, negándome que no ha habido en el mundo Amadises,
ni de Gaula ni de Grecia, ni todos los otros caballeros de que las escrituras están
llenas.
-Todo es al pie de la letra como vuestra merced lo va relatando -dijo a esta sazón
el canónigo.
A lo cual respondió don Quijote:
-Añadió también vuestra merced, diciendo que me habían hecho mucho daño tales
libros, pues me habían vuelto el juicio y puéstome en una jaula, y que me sería
mejor hacer la enmienda y mudar de letura, leyendo otros más verdaderos y que
mejor deleitan y enseñan.
-Así es -dijo el canónigo.
-Pues yo -replicó don Quijote- hallo por mi cuenta que el sin juicio y el encantado
es vuestra merced, pues se ha puesto a decir tantas blasfemias contra una cosa tan
recebida en el mundo, y tenida por tan verdadera, que el que la negase, como
vuestra merced la niega, merecía la mesma pena que vuestra merced dice que da a
los libros cuando los lee y le enfadan. Porque querer dar a entender a nadie que
Amadís no fue en el mundo, ni todos los otros caballeros aventureros de que están
colmadas las historias, será querer persuadir que el sol no alumbra, ni el yelo
enfría, ni la tierra sustenta; porque ¿qué ingenio puede haber en el mundo que
pueda persuadir a otro que no fue verdad lo de la infanta Floripes y Guy de
Borgoña, y lo de Fierabrás con la puente de Mantible, que sucedió en el tiempo de
Carlo Magno, que voto a tal que es tanta verdad como es ahora de día? Y si es
mentira, también lo debe de ser que no hubo Héctor, ni Aquiles, ni la guerra de
Troya, ni los doce Pares de Francia, ni el rey Artús de Ingalaterra, que anda hasta
ahora convertido en cuervo, y le esperan en su reino por momentos. Y también se
atreverán a decir que es mentirosa la historia de Guarno Mezquino, y la de la
demanda del Santo Grial, y que son apócrifos los amores de don Tristán y la reina
Iseo, como los de Ginebra y Lanzarote, habiendo personas que casi se acuerdan de
haber visto a la dueña Quintañona, que fue la mejor escanciadora de vino que tuvo
la Gran Bretaña. Y es esto tan ansí, que me acuerdo yo que me decía una mi
agüela de partes de mi padre, cuando veía alguna dueña con tocas reverendas.
«Aquella, nieto, se parece a la dueña Quintañona.» De donde arguyo yo que la
debió de conocer ella, o, por lo menos, debió de alcanzar a ver algún retrato suyo.
Pues ¿quién podrá negar no ser verdadera la historia de Pierres y la linda Magalona,
pues aun hasta hoy día se vee en la armería de los Reyes la clavija con que volvía
al caballo de madera sobre quien iba el valiente Pierres por los aires, que es un
poco mayor que un timón de carreta? Y junto a la clavija está la silla de Babieca, y
en Roncesvalles está el cuerno de Roldán, tamaño como una grande viga; de donde
se infiere que hubo doce Pares, que hubo Pierres, que hubo Cides, y otros
caballeros semejantes,
déstos que dicen las gentes