El vizcaíno, que así le vio venir, aunque quisiera apearse de la mula, que por ser de
las malas de alquiler, no había que fiar en ella, no pudo hacer otra cosa sino sacar
su espada; pero avínole bien que se halló junto al coche, de donde pudo tomar una
almohada que le sirvió de escudo, y luego fueron el uno para el otro, como si
fueran dos mortales enemigos. La demás gente quisiera ponerlos en paz; mas no
pudo, porque decía el vizcaíno en sus mal trabadas razones, que si no le dejaban
acabar su batalla, que él mismo había de matar a su ama y a toda la gente que se
lo estorbase. La señora del coche, admirada y temerosa de lo que veía, hizo al
cochero que se desviase de allí algún poco, y desde lejos se puso a mirar la
rigurosa contienda, en el discurso de la cual dio el vizcaíno una gran cuchillada a
Don Quijote encima de un hombro por encima de la rodela, que a dársela sin
defensa, le abriera hasta la cintura. Don Quijote, que sintió la pesadumbre de aquel
desaforado golpe, dio una gran voz, diciendo: ¡oh señora de mi alma, Dulcinea, flor
de la fermosura, socorred a este vuestro caballero, que por satisfacer a la vuestra
mucha bondad, en este riguroso trance se halla! El decir esto, y el apretar la
espada, y el cubrirse bien de su rodela, y el arremeter al vizcaíno, todo fue en un
tiempo, llevando determinación de aventurarlo todo a la de un solo golpe. El
vizcaíno, que así le vio venir contra él, bien entendió por su denuedo su coraje, y
determinó hacer lo mismo que Don Quijote: y así le aguardó bien cubierto de su
almohada, sin poder rodear la mula a una ni a otra parte, que ya de puro cansada,
y no hecha a semejantes niñerías, no podía dar un paso. Venía, pues, como se ha
dicho, Don Quijote contra el cauto vizcaíno con la espada en alto, con
determinación de abrirle por medio, y el vizcaíno le aguardaba asimismo, levantada
la espada y aforrado con su almohada, y todos los circunstantes estaban temerosos
y colgados de lo que había de suceder de aquellos tamaños golpes con que se
amenazaban, y la señora del coche y las demás criadas suyas estaban haciendo mil
votos y ofrecimientos a todas las imágenes y casas de devoción de España, porque
Dios librase a su escudero y a ellas de aquel tan grande peligro en que se hallaban.
Pero está el daño de todo esto, que en este punto y término deja el autor de esta
historia esta batalla, disculpándose que no halló más escrito destas hazañas de Don
Quijote, de las que deja referidas. Bien es verdad que el segundo autor de esta
obra no quiso creer que tan curiosa historia estuviese entregada a las leyes del
olvido, ni que hubiesen sido tan poco curiosos los ingenios de la Mancha que no
tuviesen en sus archivos o en sus escritorios algunos papeles que de este famoso
caballero tratasen; y así, con esta imaginación, no se desesperó de hallar el fin de
esta apacible historia, el cual, siéndole el cielo favorable, le halló del modo que se
contará en el siguiente capítulo.