desesperaba era el barbero, cuya bacía allí delante de sus ojos se le había vuelto en
yelmo de Mambrino, y cuya albarda pensaba sin duda alguna que se le había de
volver en jaez rico de caballo; y los unos y los otros se reían de ver cómo andaba
don Fernando tomando los votos de unos en otros, hablándolos al oído para que en
secreto declarasen si