Estaba, pues, como se ha dicho, de pies sobre Rocinante, metido todo el brazo por
el agujero, y atado de la muñeca, y al cerrojo de la puerta, con grandísimo temor y
cuidado que si Rocinante se desviaba a un cabo o a otro, había de quedar colgado
del brazo; y así, no osaba hacer movimiento alguno, puesto que de la paciencia y
quietud de Rocinante bien se podía esperar que estaría sin moverse un siglo entero.
En resolución, viéndose don Quijote atado, y que ya las damas se habían ido, se dio
a imaginar que todo aquello se hacía por vía de encantamento, como la vez pasada,
cuando en aquel mesmo castillo le molió aquel moro encantado del harriero; y
maldecía entre si su poca discreción y discurso, pues habiendo salido tan mal la vez
primera de aquel castillo, se había aventurado a entrar en él la segunda, siendo
advertimiento de caballeros andantes que cuando han probado una aventura y no
han salido bien con ella, es señal que no está para ellos guardada, sino para otros,
y así, no tienen necesidad de probarla segunda vez. Con todo esto, tiraba de su
brazo, por ver si podía soltarse; mas él estaba tan bien asido, que todas sus
pruebas fueron en vano. Bien es verdad que tiraba con tiento, porque Rocinante no
se moviese; y aunque él quisiera sentarse y ponerse en la silla, no podía sino estar
en pie, o arrancarse la mano.
Allí fue el desear de la espada de Amadís, contra quien no tenía fuerza
encantamento alguno; allí fue el maldecir de su fortuna; allí fue el exagerar la falta
que haría en el mundo su presencia el tiempo que allí estuviese encantado, que sin
duda alguna se había creído que lo estaba; allí el acordarse de nuevo de su querida
Dulcinea del Toboso; allí fue el llamar a su buen escudero Sancho Panza, que,
sepultado en sueño y tendido sobre el albarda de su jumento, no se acordaba en
aquel instante de la madre que lo había parido; allí llamó a los sabios Lirgandeo y
Alquife, que le ayudasen; allí invocó a su buena amiga Urganda, que le socorriese,
y, finalmente, allí le tomó la mañana, tan desesperado y confuso, que bramaba
como un toro; porque no esperaba él que con el día se remediaría su cuita, porque
la tenía por eterna, teniéndose por encantado. Y hacíale creer esto ver que
Rocinante poco ni mucho se movía; y creía que de aquella suerte, sin comer ni
beber ni dormir, habían de estar él y su caballo, hasta que aquel mal influjo de las
estrellas se pasase, o hasta que otro más sabio encantador le desencantase.
Pero engañóse mucho en su creencia, porque apenas comenzó a amanecer, cuando
llegaron a la venta cuatro hombres de a caballo muy bien puestos y aderezados,
con sus escopetas sobre los arzones. Llamaron a la puerta de la venta, que aún
estaba cerrada, con grandes golpes; lo cual visto por don Quijote desde donde aún
no dejaba de hacer la centinela, con voz arrogante y alta dijo:
-Caballeros, o escuderos, o quienquiera que seáis, no tenéis para qué llamar a las
puertas deste castillo; que asaz de claro está que a tales horas, o los que están
dentro duermen, o no tienen por costumbre de abrirse las fortalezas, hasta que el
sol esté tendido por todo el suelo. Desviaos afuera, y esperad que aclare el día, y
entonces veremos si será justo, o no, que os abran.
-¿Qué diablos de fortaleza o castillo es éste -dijo uno-, para obligarnos a guardar
esas ceremonias? Si sois el ventero, mandad que nos abran; que somos
caminantes que no queremos más de dar cebada a nuestras cabalgaduras y pasar
adelante, porque vamos de priesa.
-¿Paréceos, caballeros, que tengo yo talle de ventero? -respondió don Quijote.
-No sé de qué tenéis talle -respondió el otro-; pero sé que decís disparates en
llamar castillo a esta venta.