ánima al infierno: tal era, como he dicho, la crueldad con que los trataba, y el odio
que ellos le tenían. Volvimos a Constantinopla, y el año siguiente, que fue el de
setenta y tres, se supo en ella como el señor don Juan había ganado a Túnez, y
quitado aquel reino a los turcos, y puesto en posesión dél a Muley Hamet, cortando
las esperanzas que de volver a reinar en él tenía Muley Hamida, el moro más cruel
y más valiente que tuvo el mundo. Sintió mucho esta pérdida el Gran Turco, y,
usando de la sagacidad que todos los de su casa tienen, hizo paz con venecianos,
que mucho más que él la deseaban, y el año siguiente de setenta y cuatro acometió
a la Goleta, y al fuerte que junto a Túnez había dejado medio levantado el señor
don Juan. En todos estos trances andaba yo al remo, sin esperanza de libertad
alguna; a lo menos, no esperaba tenerla por rescate, porque tenía determinado de
no escribir las nuevas de mi desgracia a mi padre.
Perdióse, en fin, la Goleta, perdióse el fuerte, sobre las cuales plazas hubo de
soldados turcos pagados setenta y cinco mil, y de moros y alárabes de toda la
África, más de cuatrocientos mil, acompañado este gran número de gente con
tantas municiones y pertrechos de guerra, y con tantos gastadores, que con las
manos y a puñados de tierra pudieran cubrir la Goleta y el fuerte. Perdióse primero
la Goleta, tenida hasta entonces por inexpugnable, y no se perdió por culpa de sus
defensores (los cuales hicieron en su defensa todo aquello que debían y podían),
sino porque la experiencia mostró la facilidad con que se podían levantar trincheas
en aquella desierta arena, porque a dos palmos se hallaba agua, y los turcos no la
hallaron a dos varas; y así, con muchos sacos de arena levantaron las trincheas tan
altas, que sobrepujaran las murallas de la fuerza; y tirándoles a caballero, ninguno
podía parar, ni asistir a la defensa.
Fue común opinión que no se habían de encerrar los nuestros en la Goleta, sino
esperar en campaña al desembarcadero, y los que esto dicen hablan de lejos y con
poca experiencia de casos semejantes; porque si en la Goleta y en el fuerte apenas
había siete mil soldados, ¿cómo podía tan poco número, aunque más esforzados
fuesen, salir a la campaña y quedar en las fuerzas, contra tanto como era el de los
enemigos? Y ¿cómo es posible dejar de perderse fuerza que no es socorrida, y más
cuando la cercan enemigos muchos y porfiados, y en su mesma tierra? Pero a
muchos les pareció, y así me pareció a mi, que fue particular gracia y merced que
el cielo hizo a España en permitir que se asolase aquella oficina y capa de
maldades, y aquella gomia o esponja y polilla de la infinidad de dineros que allí sin
provecho se gastaban, sin servir de otra cosa que de conservar la memoria de
haberla ganado la felicísima del invictísimo Carlos V, como si fuera menester para
hacerla eterna, como lo es y será, que aquellas piedras la sustentaran. Perdióse
también el fuerte; pero fuéronle ganando los turcos palmo a palmo, porque los
soldados que lo defendían pelearon tan valerosa y fuertemente, que pasaron de
veinte y cinco mil enemigos los que mataron en veinte y dos asaltos generales que
les dieron. Ninguno cautivaron sano de trescientos que quedaron vivos, señal cierta
y clara de su esfuerzo y valor, y de lo bien que se habían defendido, y guardado
sus plazas. Rindióse a partido un pequeño fuerte o torre que estaba en mitad del
estaño, a cargo de don Juan Zanoguera, caballero valenciano y famoso soldado.
Cautivaron a don Pedro Puertocarrero, general de la Goleta, el cual hizo cuanto fue
posible por defender su fuerza; y sintió tanto el haberla perdido, que de pesar
murió en el camino de Constantinopla, donde le llevaban cautivo. Cautivaron
ansimesmo al general del fuerte, que se llamaba Gabrio Cervellón, caballero
milanés, grande ingeniero y valentísimo soldado. Murieron en estas dos fuerzas
muchas personas de cuenta, de las cuales fue una Pagán de Oria, caballero del
hábito de San Juan, de condición generoso, como lo mostró la suma liberalidad que
usó con su hermano el famoso Juan Andrea de Oria