a cada uno lo que le tocare, sin exceder en cosa alguna, y con la otra me quedaré
yo para vivir y sustentarme los días que el cielo fuere servido de darme de vida.
Pero querría que después que cada uno tuviese en su poder la parte que le toca de
su hacienda, siguiese uno de los caminos que le diré. Hay un refrán en nuestra
España, a mi parecer, muy verdadero, como todos lo son, por ser sentencias breves
sacadas de la luenga y discreta experiencia; y el que yo digo dice: «Iglesia, o mar,
o casa real», como si más claramente dijera: «Quien quisiere valer y ser rico, siga,
o la Iglesia, o navegue, ejercitando el arte de la mercancía, o entre a servir a los
reyes en sus casas»; porque dicen: «Más vale migaja de rey que merced de
señor». Digo esto porque querría, y es mi voluntad, que uno de vosotros siguiese
las letras, el otro la mercancía, y el otro sirviese al rey en la guerra, pues es
dificultoso entrar a servirle en su casa; que ya