Al cual mandó don Fernando que callase y no interrumpiese la plática de don
Quijote en ninguna manera; y don Quijote prosiguió diciendo:
-Digo, en fin, alta y desheredada señora, que si por la causa que he dicho vuestro
padre ha hecho este metamorfóseo en vuestra persona, que no le deis crédito
alguno; porque no hay ningún peligro en la tierra por quien no se abra camino mi
espada, con la cual, poniendo la cabeza de vuestro enemigo en tierra, os pondré a
vos la corona de la vuestra en la cabeza, en breves días.
No dijo más don Quijote, y esperó a que la princesa le respondiese; la cual, como
ya sabía la determinación de don Fernando de que se prosiguiese adelante en el
engaño hasta llevar a su tierra a don Quijote, con mucho donaire y gravedad le
respondió:
-Quienquiera que os dijo, valeroso caballero de la Triste Figura, que yo me había
mudado y trocado de mi ser, no os dijo lo cierto, porque la misma que ayer fui me
soy hoy. Verdad es que alguna mudanza han hecho en mí ciertos acaecimientos de
buena ventura, que me han dado la mejor que yo pudiera desearme; pero no por
eso he dejado de ser la que antes, y de tener los mesmos pensamientos de valerme
del valor de vuestro valeroso e invenerable brazo que siempre he tenido. Así que,
señor mío, vuestra bondad vuelva la honra al padre que me engendró, y téngale
por hombre advertido y prudente, pues con su ciencia halló camino tan fácil y tan
verdadero para remediar mi desgracia; que yo creo que si por vos, señor, no fuera,
jamás acertara a tener la ventura que tengo; y en esto digo tanta verdad como son
buenos testigos della los más destos señores que están presentes. Lo que resta es
que mañana nos pongamos en camino, porque ya hoy se podrá hacer poca jornada,
y en lo demás del buen suceso que espero, lo dejaré a Dios y al valor de vuestro
pecho.
Esto dijo la discreta Dorotea, y en oyéndolo don Quijote, se volvió a Sancho, y con
muestras de mucho enojo, le dijo:
-Ahora te digo, Sanchuelo, que eres el mayor bellacuelo que hay en España. Dime,
ladrón vagamundo, ¿no me acabaste de decir ahora que esta princesa se había
vuelto en una doncella que se llamaba Dorotea, y que la cabeza que entiendo que
corté a un gigante era la puta que te parió, con otros disparates que me pusieron
en la mayor confusión que jamás he estado en todos los días de mi vida? ¡Voto... -y
miró al cielo y apretó los dientes-, que estoy por hacer un estrago en ti, que ponga
sal en la mollera a todos cuantos mentirosos escuderos hubiere de caballeros
andantes, de aquí adelante, en el mundo!
-Vuestra merced se sosiegue, señor mío -respondió Sancho-, que bien podría ser
que yo me hubiese engañado en lo que toca a la mutación de la señora princesa
Micomicona; pero en lo que toca a la cabeza del gigante, o, a lo menos, a la
horadación de los cueros y a lo de ser vino tinto la sangre, no me engaño, vive
Dios, porque los cueros allí están heridos, a la cabecera del lecho de vuestra
merced, y el vino tinto tiene hecho un lago el aposento; y si no, al freír de los
huevos lo verá; quiero decir que lo verá cuando aquí su merced del señor ventero
le pida el menoscabo de todo. De lo demás, de que la señora reina se esté como se
estaba, me regocijo en el alma. porque me va mi parte, como a cada hijo de
vecino.
-Ahora yo te digo, Sancho -dijo don Quijote-, que eres un mentecato, y perdóname,
y basta.