Extraño espectáculo fue éste para don Femando y para todos los circunstantes,
admirándose de tan no visto suceso. Parecióle a Dorotea que don Fernando había
perdido la color del rostro, y que hacia ademán de querer vengarse de Cardenio,
porque le vio encaminar la mano a ponella en la espada; y así como lo pensó, con
no vista presteza se abrazó con él por las rodillas, besándoselas y teniéndole
apretado, que no le dejaba mover, y, sin cesar un punto de sus lágrimas, le decía:
-¿Qué es lo que piensas hacer, único refugio mío, en este tan impensado trance? Tú
tienes a tus pies a tu esposa, y la que quieres que lo sea está en los brazos de su
marido. Mira si te estará bien, o te será posible deshacer lo que el cielo ha hecho, o
si te convendrá querer levantar a igualar a ti mismo a la que, pospuesto todo
inconveniente, con