persuadieron que viniésemos con ellos hasta el Andalucía, ofreciéndose a
pagárnoslo muy bien.
-Y ¿habéis oído nombrar a alguno dellos? -preguntó el cura.
-No, por cierto -respondió el mozo-, porque todos caminan con tanto silencio, que
es maravilla; porque no se oye entre ellos otra cosa que los suspiros y sollozos de
la pobre señora, que nos mueven a lástima; y sin duda tenemos creído que ella va
forzada donde quiera que va; y, según se puede colegir por su hábito, ella es
monja, o va a serlo, que es lo más cierto, y quizá porque no le debe de nacer de
voluntad el monjío, va triste, como parece.
-Todo podría ser -dijo el cura.
Y dejándolos, se volvió adonde estaba Dorotea; la cual, como había oído suspirar a
la embozada, movida de natural compasión, se llegó a ella y le dijo:
-¿Qué mal sentís, señora mía? Mirad si es alguno de quien las mujeres suelen tener
uso y experiencia de curarle; que de mi parte os ofrezco una buena voluntad de
serviros.
A todo esto callaba la lastimada señora; y aunque Dorotea torno con mayores
ofrecimientos, todavía se estaba en su silencio, hasta que llegó el caballero
embozado que dijo el mozo que los demás obedecían, y dijo a Dorotea:
-No os canséis, señora, en ofrecer nada a esa mujer, porque tiene por costumbre
de no agradecer cosa que por ella se hace, ni procuréis que os responda, si no
queréis oír alguna mentira de su boca.
-Jamás la dije -dijo a esta sazón la que hasta allí había estado callando-; antes por
ser tan verdadera y tan sin trazas mentirosas me veo ahora en tanta desventura; y
desto vos mesmo quiero que seáis el testigo, pues mi pura verdad os hace a vos
ser falso y mentiroso.
Oyó estas razones Cardenio bien clara y distintamente, como quien estaba tan
junto de quien las decía, que sola la puerta del aposento de don Quijote estaba en
medio; y así como las oyó, dando una gran voz dijo:
¡Válgame Dios! ¿Qué es esto que oigo? ¿Qué voz es esta que ha llegado a mis
oídos?
Volvió la cabeza a estos gritos aquella señora, toda sobresaltada, y no viendo quién
los daba, se levantó en pie y fuese a entrar en el aposento; lo cual visto por el
caballero, la detuvo, sin dejarla mover un paso. A ella, con la turbación y
desasosiego, se le cayo el tafetán con que traía cubierto el rostro, y descubrió una
hermosura incomparable y un rostro milagroso, aunque descolorido y asombrado,
porque con los ojos andaba rodeando todos los lugares donde alcanzaba con la
vista, con tanto ahínco, que parecía persona fuera de juicio; cuyas señales, sin
saber por que las hacia, pusieron gran lástima en Dorotea y en cuantos la miraban.
Teníala el caballero fuertemente asida por las espaldas, y por estar tan ocupado en
tenerla, no pudo acudir a alzarse el embozo, que se le caía, como, en efeto, se le
cayó del todo; y alzando los ojos Dorotea, que abrazada con la señora estaba, vio
que el que abrazada ansimesmo la tenía era su esposo don Fernando; y apenas le
hubo conocido, cuando arrojando de lo íntimo de sus entrañas un luengo y