-En mal punto y en hora menguada entró en mi casa este caballero andante, que
nunca mis ojos le hubieran visto, que tan caro me cuesta. La vez pasada se fue con
el costo de una noche, de cena, cama, paja y cebada, para él y para su escudero, y
un rocín y un jumento, diciendo que era caballero aventurero, que mala ventura le
dé Dios, a él y a cuantos aventureros hay en el mundo, y que por esto no estaba
obligado a pagar nada, que así estaba escrito en los aranceles de la caballería
andantesca; y ahora, por su respeto, vino estotro señor y me llevó mi cola, y
hámela vuelto con más de dos cuartillos de daño, toda pelada, que no puede servir
para lo que la quiere mi marido; y por fin y remate de todo, romperme mis cueros
y derramarme mi vino, que derramada le vea yo su sangre. ¡Pues no se piense;
que por los huesos de mi padre y por el siglo de mi madre, si no me lo han de
pagar un cuarto sobre otro, o no me llamaría yo como me llamo, ni seria hija de
quien soy!
Estas y otras razones tales decía la ventera con grande enojo, y ayudábala su
buena criada Maritornes. La hija callaba, y de cuando en cuando se sonreía. El cura
lo sosegó todo, prometiendo de satisfacerles su pérdida lo mejor que pudiese, así
de los cueros como del vino, y principalmente del menoscabo de la cola, de quien
tanta cuenta hacían. Dorotea consoló a Sancho Panza diciéndole que cada y cuando
que pareciese haber sido verdad que su amo hubiese descabezado al gigante, le
prometía, en viéndose pacífica en su reino, de darle el mejor condado que en él
hubiese. Consolóse con esto Sancho, y aseguró a la princesa que tuviese por cierto
que él había visto la cabeza del gigante, y que, por más señas, tenía una barba que
le llegaba a la cintura; y que si no parecía, era porque todo cuanto en aquella casa
pasaba era por vía de encantamento, como él lo había probado otra vez que había
posado en ella. Dorotea dijo que así lo creía, y que no tuviese pena; que todo se
haría bien y sucedería a pedir de boca.
Sosegados todos, el cura quiso acabar de leer la novela, porque vio que faltaba
poco. Cardenio, Dorotea y todos los demás le rogaron la acabase. El, que a todos
quiso dar gusto, y por el que él tenía de leerla, prosiguió el cuento, que así decía:
Sucedió, pues, que, por la satisfación que Anselmo tenia de la bondad de Camila,
vivía una vida contenta y descuidada, y Camila, de industria, hacia mal rostro a
Lotario, porque Anselmo entendiese al revés de la voluntad que le tenía; y para
mas confirmación de su hecho, pidió licencia Lotario para no venir a su casa, pues
claramente se mostraba la pesadumbre que con su vista Camila recebía; mas el
engañado Anselmo le dijo que en ninguna manera tal hiciese; y desta manera, por
mil maneras era A