Atentísimo había estado Anselmo a escuchar y a ver representar la tragedia de la
muerte de su honra; la cual con tan extraños y eficaces afectos la representaron los
personajes della, que pareció que se habían transformado en la misma verdad de lo
que fingían. Deseaba mucho la noche, y el tener lugar para salir de su casa, y ir a
verse con su buen amigo Lotario, congratulándose con él de la margarita preciosa
que había hallado en el desengaño de la bondad de su esposa. Tuvieron cuidado las
dos de darle lugar y comodidad a que saliese, y él, sin perdella, salió, y luego fue a
buscar a Lotario; el cual hallado, no se puede buenamente contar los abrazos que
le dio, las cosas que de su contento le dijo, las alabanzas que dio a Camila. Todo lo
cual escuchó Lotario sin poder dar muestras de alguna alegría, porque se le
representaba a la memoria cuán engañado estaba su amigo, y cuán injustamente él
le agraviaba; y aunque Anselmo veía que Lotario no se alegraba, creía ser la causa
por haber dejado a Camila herida y haber él sido la causa; y así, entre otras
razones, le dijo que no tuviese pena del suceso de Camila, porque, sin duda, la
herida era ligera, pues quedaban de concierto de encubrirsela a él, y que, según
esto, no había de qué temer, sino que de allí adelante se gozase y alegrase con él,
pues por su industria y medio él se veía levantado a la más alta felicidad que
acertara a desearse, y quería que no fuesen otros sus entretenimientos que el
hacer versos en alabanza de Camila, que la hiciesen eterna en la memoria de los
siglos venideros. Lotario alabó su buena determinación y dijo que él, por su parte,
ayudaría a levantar tan ilustre edificio.
Con esto quedó Anselmo el hombre más sabrosamente engañado que pudo haber
en el mundo: él mismo llevaba por la mano a su casa, creyendo que llevaba el
instrumento de su gloria, toda la perdición de su fama. Recebíale Camila con rostro,
al parecer, torcido, aunque con alma risueña. Duró este engaño algunos días, hasta
que al cabo de pocos meses volvió Fortuna su rueda, y salió a plaza la maldad con
tanto artificio hasta allí cubierta, y a Anselmo le costó la vida su impertinente
curiosidad.