ni alzaba la cabeza, ni respondía palabra; pero al cabo de un buen espacio la
levantó y dijo:
-No se me puede quitar del pensamiento, ni habrá quien me lo quite en el mundo,
ni quien me dé a entender otra cosa, y sería un majadero el que lo contrario
entendiese o creyese, sino que aquel bellaconazo del maestro Elisabat estaba
amancebado con la reina Madásima.
-Eso no, ¡voto a tal! -respondió con mucha cólera don Quijote, y arrojóle, como
tenía de costumbre-; y ésa es una muy gran malicia, o bellaquería, por mejor decir:
la reina Madásima fue muy principal señora, y no se ha de presumir que tan alta
princesa se había de amancebar con un sacapotras; y quien lo contrario entendiere,
miente como muy gran bellaco. Y yo se lo daré a entender, a pie o a caballo,
armado o desarmado, de noche o de día, o como más gusto le diere.
Estabale mirando Cardenio muy atentamente, al cual ya había venido el accidente
de su locura y no estaba para proseguir su historia; ni tampoco don Quijote se la
oyera, según le había disgustado lo que de Madásima le había oído. ¡Extraño caso;
que así volvió por ella como si verdaderamente fuera su verdadera y natural
señora: tal le tenían sus descomulgados libros! Digo, pues. que, como ya Cardenio
estaba lo