Daniel Blinder
Reflexiones finales
El tema de la “no confiabilidad” de la Argentina es un asunto que atraviesa todas estas
páginas, y hace a la explicación del cambio de una política oscura y dudosa a una
abierta y confiable, que se lograría gracias a la institucionalización y los gestos de los
argentinos a los estadounidenses en su relación mutua. Empero, el discurso
norteamericano para la Argentina tiene una línea argumental continua en el tiempo, y
que puede rastrearse en los despliegues diplomáticos (formales e informales) de los
Estados Unidos frente a los intentos de la Argentina de desarrollar tecnologías de tipo
espacial o nuclear. Primero, no era confiable durante el Proceso de Reorganización
Nacional porque se trataba de una dictadura. Luego, con el gobierno democrático de
Alfonsín, no era confiable porque corría el riesgo de volver a una dictadura, puesto que
se trataba de una democracia débil e incipiente. Después, poco antes de la asunción
de Menem, la Argentina no era confiable porque iba a ser gobernada por un gobierno
nacionalista y xenófobo, de raigambre peronista. Con Menem en el gobierno, cuando
se daban claras señales de alineamiento a través de la política exterior, se exige que
el misil Cóndor II sea destruido. Hecho esto, continúan las alarmas en estado latente,
con la aparición recurrente de la voluntad argentina de contar con un lanzador satelital.
Cuando se habla de la “no confiabilidad” de la Argentina, se está transmitiendo una
representación construida por la diplomacia estadounidense, sus medios de
comunicación y la academia. ¿En qué medida este discurso de la no confiabilidad está
basado en amenazas reales a la seguridad nacional de los Estados Unidos, a la paz
internacional y a la no proliferación de armamentos, y en qué medida está vinculado a
intereses políticos y económicos reales, cuyo principal objetivo es la supremacía
económica y militar? Aceptar como dado un sistema internacional como el presupuesto
metodológicamente por el Realismo Periférico supone, sino una naturalización del
orden mundial, un sistema jerárquico estructurado, en el cual a la Argentina, como país
de la periferia, le corresponden ciertos roles asignados, y otros roles se le niegan,
porque quedan exclusivamente reservados a las grandes potencias. Ahora bien, si las
cosas son como son, ¿para qué tener un lanzador satelital, satélites, energía nuclear,
nanotecnología, biotecnología y demás si cada Estado tiene que atenerse a las leyes
no escritas del sistema internacional?
El Realismo Periférico -fuera de toda ingenuidad- presupone que dichas leyes no
escritas no son eternas, que tienen tiempos históricos y que es el estadista el lector de
la realidad coyuntural, que le guiará sabiamente hacia una buena decisión de política
exterior. Dichas decisiones internacionales orientan a un país hacia el mejor de los
mundos posibles, y por ende al bienestar de sus ciudadanos. No obstante, aquí no se
puede valorar en su totalidad una política exterior aplicada para el largo plazo, con el
corto o el mediano. Aquí analizamos lo que denominamos política espacial, analizando
los años del gobierno de Menem, que consistió en la adhesión a los tratados
internacionales de no proliferación, en una política de “relaciones carnales” definida por
el canciller Di Tella, y en la destrucción del Cóndor, y los años de la administración del
matrimonio Kirchner, en los cuales las relaciones con Estados Unidos fueron buenas,
pero se mantuvo un foco multilateral y especialmente sudamericano, se dio
continuidad a tratados de los años de Menem y a la CONAE, que también fue creada
en esos años.
Revista CTS, nº 29, vol. 10, Mayo de 2015 (pág. 65-89)
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