Test Drive | Page 21

Daniel Blinder Reflexiones finales El tema de la “no confiabilidad” de la Argentina es un asunto que atraviesa todas estas páginas, y hace a la explicación del cambio de una política oscura y dudosa a una abierta y confiable, que se lograría gracias a la institucionalización y los gestos de los argentinos a los estadounidenses en su relación mutua. Empero, el discurso norteamericano para la Argentina tiene una línea argumental continua en el tiempo, y que puede rastrearse en los despliegues diplomáticos (formales e informales) de los Estados Unidos frente a los intentos de la Argentina de desarrollar tecnologías de tipo espacial o nuclear. Primero, no era confiable durante el Proceso de Reorganización Nacional porque se trataba de una dictadura. Luego, con el gobierno democrático de Alfonsín, no era confiable porque corría el riesgo de volver a una dictadura, puesto que se trataba de una democracia débil e incipiente. Después, poco antes de la asunción de Menem, la Argentina no era confiable porque iba a ser gobernada por un gobierno nacionalista y xenófobo, de raigambre peronista. Con Menem en el gobierno, cuando se daban claras señales de alineamiento a través de la política exterior, se exige que el misil Cóndor II sea destruido. Hecho esto, continúan las alarmas en estado latente, con la aparición recurrente de la voluntad argentina de contar con un lanzador satelital. Cuando se habla de la “no confiabilidad” de la Argentina, se está transmitiendo una representación construida por la diplomacia estadounidense, sus medios de comunicación y la academia. ¿En qué medida este discurso de la no confiabilidad está basado en amenazas reales a la seguridad nacional de los Estados Unidos, a la paz internacional y a la no proliferación de armamentos, y en qué medida está vinculado a intereses políticos y económicos reales, cuyo principal objetivo es la supremacía económica y militar? Aceptar como dado un sistema internacional como el presupuesto metodológicamente por el Realismo Periférico supone, sino una naturalización del orden mundial, un sistema jerárquico estructurado, en el cual a la Argentina, como país de la periferia, le corresponden ciertos roles asignados, y otros roles se le niegan, porque quedan exclusivamente reservados a las grandes potencias. Ahora bien, si las cosas son como son, ¿para qué tener un lanzador satelital, satélites, energía nuclear, nanotecnología, biotecnología y demás si cada Estado tiene que atenerse a las leyes no escritas del sistema internacional? El Realismo Periférico -fuera de toda ingenuidad- presupone que dichas leyes no escritas no son eternas, que tienen tiempos históricos y que es el estadista el lector de la realidad coyuntural, que le guiará sabiamente hacia una buena decisión de política exterior. Dichas decisiones internacionales orientan a un país hacia el mejor de los mundos posibles, y por ende al bienestar de sus ciudadanos. No obstante, aquí no se puede valorar en su totalidad una política exterior aplicada para el largo plazo, con el corto o el mediano. Aquí analizamos lo que denominamos política espacial, analizando los años del gobierno de Menem, que consistió en la adhesión a los tratados internacionales de no proliferación, en una política de “relaciones carnales” definida por el canciller Di Tella, y en la destrucción del Cóndor, y los años de la administración del matrimonio Kirchner, en los cuales las relaciones con Estados Unidos fueron buenas, pero se mantuvo un foco multilateral y especialmente sudamericano, se dio continuidad a tratados de los años de Menem y a la CONAE, que también fue creada en esos años. Revista CTS, nº 29, vol. 10, Mayo de 2015 (pág. 65-89) 85