Caballo de Troya
J. J. Benítez
cuadrangular de 90 centímetros de lado. José nos rogó que le disculpáramos y se alejó a la
carrera en dirección a la casita.
Mientras los soldados aprovechaban aquel respiro para sentarse y descansar, me agaché y
traté de echar una ojeada al interior de la cripta. Una piedra redonda, muy parecida a una
muela de molino y de un metro de diámetro, reposaba a la izquierda de la boca de entrada al
sepulcro. Al pie mismo de la fachada había sido practicado un canalillo de unos 20 centímetros
de profundidad por otros 30 de anchura que corría a todo lo ancho. La piedra, tan toscamente
pulida como la fachada, cuyo peso debía ser superior a los 500 kilos, se hallaba dispuesta de tal
guisa que -para tapar el angosto orificio que hacía las veces de puerta- bastaba con hacerla
rodar sobre el mencionado canalillo, al que se ajustaba casi matemáticamente. Al pasar mi
mano sobre aquella mole redonda imaginé el enorme esfuerzo que tenía que haber supuesto a
los operarios su traslado hasta el fondo del callejón y, por supuesto, el que exigiría cada cierre
y apertura de la tumba.
Pero, al introducir mi cabeza en el interior de la cripta, la oscuridad era tal que no acerté a
distinguir ni su profundidad, ni la altura de las paredes ni ningún otro detalle.
Me incorporé y, mientras aguardaba a José, me dediqué a medir aquella especie de antesala
o callejón: desde la fachada hasta el peldaño más bajo había 2,20 metros. Las paredes de la
galería, a cielo abierto, iban descendiendo desde los 3 metros (altura máxima que correspondía
a la fachada de la tumba) hasta poco más o menos un metro, al nivel del escalón más alto.
Aquellas mediciones se vieron interrumpidas por la llegada del anciano. Le acompañaba un
hebreo de unos cincuenta años, con una barba corta y cuidada y de una corpulencia que,
instintivamente, me recordó al fallecido Maestro. Se tocaba con un ancho sombrero de paja y
cargaba una voluminosa y pesada ánfora. José portaba dos teas de mango corto y una especie
de hatillo.
Hacia las cinco de la tarde, el dueño del huerto se arrodilló frente a la cámara sepulcral y,
con sumo cuidado, alargó la mano izquierda, depositando una de las antorchas en el interior de
la cripta. A continuación entregó la segunda tea a su siervo y jardinero, quien, hierático y mudo
como una estatua, no se movería ya del callejón.
José, siempre en aquella forzada postura, se arrastró, penetrando en la cueva.
El relampagueo rojizo del hacha dentro de la tumba desapareció a los pocos segundos. Y el
anciano, asomando la cabeza por la abertura, reclamó la segunda antorcha. Su ayudante se
apresuró a entregársela, haciendo otro tanto con el hato.
Cuando José consideró que todo estaba dispuesto salió del panteón, indicando a Nicodemo
que bajasen el cuerpo del Maestro.
Los soldados cumplieron la orden, situando los restos sobre la tierra rojiza y apisonada del
callejón. El cadáver fue orientado de forma que la cabeza quedara frente al angosto portillo. El
anciano retornó entonces al interior, seguido del centurión. Una vez dentro, ambos comenzaron
a tirar de la sábana, siendo ayudados desde el exterior por otros tres legionarios.
Cuando, al fin, el cuerpo fue introducido en la tumba, Nicodemo fue pasando a José la pareja
de sacos que aún colgaba de su hombro y el ánfora. Satisfecha esta última parte del laborioso
traslado, aquél se inclinó también y, en cuclillas, se perdió entre la mortecina claridad del
sepulcro seguido de Juan.
Ignorando si disponía de sitio, me aventuré a seguir a Nicodemo. Mi metro y ochenta
centímetros de talla me obligaron a doblar el espinazo y arrastrarme sobre un piso tan rugoso
como ingrato.
Al levantar la vista me encontré en una estancia cuadrada, de unos tres metros de lado y de
1,70 de altura aproximadamente. (De esta última cifra estoy bastante seguro porque, durante
el tiempo que permanecí en el interior de la cripta, no tuve más remedio que inclinar la cabeza
para no tropezar con aquel techo rocoso, duramente ganado a base de escoplo de cantería, a
juzgar por los cortes a bisel de la citada bóveda y del resto de las paredes.)
Mi intromisión gVR&