la maravilla. Y por ahora, Sanchica, atiende a que se regale este señor: pon en orden este caballo, y
saca de la caballeriza güevos, y corta tocino adunia, y démosle de comer como a un príncipe, que las
buenas nuevas que nos ha traído y la buena cara que él tiene lo merece todo; y, en tanto, saldré yo a
dar a mis vecinas las nuevas de nuestro contento, y al padre cura y a maese Nicolás el barbero, que
tan amigos son y han sido de tu padre.
–Sí haré, madre –respondió Sanchica–; pero mire que me ha de dar la mitad desa sarta; que no
tengo yo por tan boba a mi señora la duquesa, que se la había de enviar a ella toda.
–Todo es para ti, hija –respondió Teresa–, pero déjamela traer algu-nos días al cuello, que
verdaderamente parece que me alegra el corazón.
–También se alegrarán –dijo el paje– cuando vean el lío que viene en este portamanteo, que es un
vestido de paño finísimo que el gobernador sólo un día llevó a caza, el cual todo le envía para la
señora Sanchica.
–Que me viva él mil años –respondió Sanchica–, y el que lo trae, ni más ni menos, y aun dos mil, si
fuere necesidad.
Salióse en esto Teresa fuera de casa, con las cartas, y con la sarta al cuello, y iba tañendo en las
cartas como si fuera en un pandero; y, encontrándose acaso con el cura y Sansón Carrasco, comenzó
a bailar y a decir:
–¡A fee que agora que no hay pariente pobre! ¡Gobiernito tenemos! ¡No, sino tómese conmigo la
más pintada hidalga, que yo la pondré como nueva!
–¿Qué es esto, Teresa Panza? ¿Qué locuras son éstas, y qué papeles son ésos?
–No es otra la locura sino que éstas son cartas de duquesas y de gobernadores, y estos que traigo al
cuello son corales finos; las avemarías y los padres nuestros son de oro de martillo, y yo soy
gobernadora.
–De F