Apenas salió, cuando Sancho dijo al ganadero, que ya se le saltaban las lágrimas, y los ojos y el
corazón se iban tras su bolsa:
–Buen hombre, id tras aquella mujer y quitadle la bolsa, aunque no quiera, y volved aquí con ella.
Y no lo dijo a tonto ni a sordo, porque luego partió como un rayo y fue a lo que se le mandaba. Todos
los presentes estaban suspensos, esperando el fin de aquel pleito, y de allí [a] poco volvieron el
hombre y la mujer más asidos y aferrados que la vez primera: ella la saya levantada y en el regazo
puesta la bolsa, y el hombre pugnando por quitársela; mas no era posible, según la mujer la
defendía, la cual daba voces diciendo:
–¡Justicia de Dios y del mundo! Mire vuestra merced, señor gobernador, la poca vergüenza y el poco
temor deste desalmado, que, en mitad de poblado y en mitad de la calle, me ha querido quitar la
bolsa que vuestra merced mandó darme.
–Y ¿háosla quitado? –preguntó el gobernador.
–¿Cómo quitar? –respondió la mujer–. Antes me dejara yo quitar la vida que me quiten la bolsa.
¡Bonita es la niña! ¡Otros gatos me han de echar a las barbas, que no este desventurado y asqueroso!
¡Tenazas y martillos, mazos y escoplos no serán bastantes a sacármela de las uñas, ni aun garras de
leones: antes el ánima de en mitad en mitad de las carnes!
–Ella tiene razón –dijo el hombre–, y yo me doy por rendido y sin fuer-zas, y confieso que las mías
no son bastantes para quitársela, y déjola.
Entonces el gobernador dijo a la mujer:
–Mostrad, honrada y v ƖV