–Déjeme vuestra grandeza –respondió Sancho–, que no estoy agora para mirar en sotilezas ni en
letras más a menos; porque me tienen tan turbado estos azotes que me han de dar, o me tengo de
dar, que no sé lo que me digo, ni lo que me hago. Pero querría yo saber de la señora mi señora doña
Dulcina del Toboso adónde aprendió el modo de rogar que tiene: viene a pedirme que me abra las
carnes a azotes, y llámame alma de cántaro y bestión indómito, con una tiramira de malos nombres,
que el diablo los sufra. ¿Por ventura son mis carnes de bronce, o vame a mí algo en que se
desencante o no? ¿Qué canasta de ropa blanca, de camisas, de tocadores y de escarpines, a[n]que no
los gasto, trae delante de sí para ablandarme, sino un vituperio y otro, sabiendo aquel refrán que
dicen por ahí, que un asno cargado de oro sube ligero por una montaña, y que dádivas quebrantan
peñas, y a Dios rogando y con el mazo dando, y que más vale un "toma" que dos "te daré"? Pues el
señor mi amo, que había de traerme la mano por el cerro y halagarme para que yo me hiciese de
lana y de algodón cardado, dice que si me coge me amarrará desnudo a un árbol y me doblará la
parada de los azotes; y habían de considerar estos lastimados señores que no solamente piden que
se azote un escudero, sino un gobernador; como quien dice: "bebe con g[u]indas". Aprendan,
aprendan mucho de enhoramala a saber rogar, y a saber pedir, y a tener crianza, que no son todos
los tiempos unos, ni están los hombres siempre de un buen humor. Estoy yo ahora reventando de
pena por ver mi sayo verde roto, y vienen a pedirme que me azote de mi voluntad, estando ella tan
ajena dello como de volverme cacique.
–Pues en verdad, amigo Sancho –dijo el duque–, que si no os ablandáis más que una breva madura,
que no habéis de empuñar el gobierno. ¡Bueno sería que yo enviase a mis insulanos un gobernador
cruel, de entrañas pedernalinas, que no se doblega a las lágrimas de las afligidas doncellas, ni a los
ruegos de discretos, imperiosos y antiguos encantadores y sabios! En resolución, Sancho, o vos
habéis de ser azotado, o os han de azotar, o no habéis de ser gobernador.
–Señor –respondió Sancho–, ¿no se me darían dos días de término para pensar lo [que] me está
mejor?
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