Rock & Ríos | Page 4

El Rock and Ríos fue de lo más accidentado tras ese telón de acero que es el escenario y en el que todo parece marchar de maravilla. “Lo hicieron porque no sabían que era imposible” no fue un subtítulo escogido al azar. Prisas, errores técnicos, reventa de entradas… incluso con una banda “superlativa” Miguel se sentía decepcionado como consecuencia de empresarios que vendían entradas sin valorar el aforo máximo de cada local.

Los conciertos para la grabación y producción del disco estaban previstos entonces para los días 5 y 6 de marzo en el Pabellón del Real Madrid, donde, incluso, faltaría espacio para el volumen de espectadores que habían pagado por las entradas. El estudio móvil debía llegar la tarde del 4 de marzo para el ensayo general, pero, tal y como sabemos hoy gracias a las confesiones del artista en sus numerosas apariciones en medios, el coche no llegó.

“Estuvimos preocupados y sin noticias” declara Miguel Ríos en su libro (buscar título), pues entonces no había teléfonos móviles y el tiempo transcurría a un ritmo al que ya no acostumbramos. Finalmente se descubrió que la camioneta había sido retenida por asuntos burocráticos en la aduana de Irún y, como consecuencia, no llegó para el primer concierto, por lo que todo se redujo a la noche del 6 de marzo.

La gira del verano del 82 no iba a ser menos en cuanto a adversidades se refiere, Rosa Montero lo detalla bien en su reportaje de nueve páginas titulado “Diario de una groupy”, aunque solo Miguel y su banda saben lo que es tener el corazón deshidratado y la sequedad de la voz apelotonada en la boca. La inflación rockera lleva a convertir el parque de atracciones del Tívoli en una “olla a presión” donde los empujones, apretones y pisotones estaban a la orden del día. Sus voces no eran más que una chispa en la hoguera del público y aun así, Miguel no dudaba en vaciarse hasta llenar de tiritas su garganta.