como maneras especificas de entender y comunicar la realidad e influyan a la vez que son
determinadas por las personas a través de sus interacciones (Reyes, 2006). Se trata de un proceso
de ida y vuelta en donde no existe la posibilidad de fijar eternamente esquemas pues son
reformuladas constantemente en el transcurso cotidiano de la vida mediante la comunicación
interindividual de los sujetos.
Esta postura teórica nos remite al interaccionismo simbólico de George Herbet Mead,
pero más precisamente a la teoría de las representaciones colectivas desarrollada por Émile
Durkheim (1971), quien a grandes rasgos consideraba que las representaciones colectivas
trascendían a las individuales, y que estas de alguna manera se objetivaban en productos
culturales, ritos o costumbres (Mora, 2002:6). Moscovici se refería al surgimiento de estas en los
momentos de crisis, y algunos teóricos como el caso de Henri Tajfel, señalan que el surgimiento
de las representaciones sociales tiene tres finalidades: clasificar y comprender lo complejo o
doloroso, justificar las acciones individuales o colectivas y diferenciarse socialmente de los otros
(Mora, 2002:8).
Estas formas de pensar y crear la realidad social están constituidas por elementos de
carácter simbólico ya que no son solo formas de adquirir y reproducir el conocimiento, sino que
tienen la capacidad de dotar de sentido a la realidad social y de intervenir en ella. Su finalidad es
la de transformar lo desconocido en algo familiar para, de esta manera, guiar la acción de los
sujetos. Con ellos nos volvemos a acercar a la visión normativa de la cultura postulada
anteriormente.
Las representaciones sociales; una herramienta para detectar la subjetividad.
Dentro de la teoría de las representaciones sociales existen dos puntos muy importantes
pues es ahí donde se hace presente el desarrollo de la naturalización, que sirve de enganche entre
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