Poco a poco
Tatuajes en papel
Me prometí dejarte ir, sin embargo
reapareces errante, cuasiforme,
andariega, poco a poco vas tomando
forma, poco a poco tu bella sonrisa
se vuelve a mostrar, esa que hacías
mordiéndote un labio mientras
desnudabas tus preciosos senos,
pequeños pero bien formados.
Es época para otros espíritus
pero ni antes ni ahora has rendido
culto a nada más que a los sentidos
gozando el presente sin ataduras.
Tú me enseñaste a cambiar sus
margaritas y cerezas por crisantemos
tú me enseñaste que no siempre que
uno se desnuda está expuesto, depende
con quién se haga, te sigo extrañando
pero ya no te busco, sólo me queda
tu recuerdo y el rastro que dejas
cuando tras la visita efímera te desvaneces.
Eres tú quien ahora visita de forma fugaz
eres tú quien se aleja y se vuelve humo
ahora entiendo cuando me decías "bienvenido"
y sin reparos te dedicabas a la entrega,
de haber tenido testigos nos hubiesen
llamado amantes pero ambos sabíamos
que no era amor lo que unía nuestros cuerpos
ambos pensamos que los amantes son
los que se prodigan amor, lo nuestro
era diferente.
Éramos dos seres en soledad que en la
coincidencia compartían su propio ser;
al menos un poco, dos transeúntes
que se hicieron compañía y se aligeraron
la carga en ciertos momentos, compañeros
fortuitos fraguando encuentros en cautela.
Hablábamos de las estrellas y preferíamos
no salir a mirarlas pues cada quién las buscaba
en el cuerpo del otro, yo a media luz recorriendo
tus caminos, a media luz para andar a tientas
y seguir mirando tus dunas y veredas y tú a veces
con ojos cerrados estrechándome hacia ti,
a veces con los ojos muy abiertos mirándome
fijamente con los labios entreabiertos jadeando
por un beso.
Ahora necesito tu néctar, el que tanto me
embriagaba, necesito el sabor de tu entrepierna,
que te llenes de mi y palpites al ritmo
de mis embestidas, que cantes aquellos lindos
gemidos y languidezcas a mi voluntad,
como antes, mientras encontraba tu dorso
y le unía mi pecho en palpitante fiebre
mis manos juguetonas te seguían recorriendo,
empezando por el norte, los dedos de la diestra
felizmente se entretenían en tus labios pues
deseaban por voluntad propia tocar el pedacito
de alma que dejabas escapar por tu boca.
Mientras tanto mi otra mano se regocijaba
haciendo círculos en la perfecta redondez
de tus botones y yo poco a poco visitaba
tu interior, preparando nuevas embestidas,
abriendo tus puertas pintadas de rubor,
luego de tus labios el camino seguía siendo
el sur, mi mano se adueñaba de tu blanco
y delicado cuello que se estiraba junto con
tus brazos para colocarlos hacia atrás
por encima de tu cabeza, al encuentro
de la mía, acercando tu boca a mi oído
para recibir el regalo: mi nombre en tus labios.
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