Revista UNADiccion Abril 2015 | Page 25

Por: Claudia Tepale

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Cuando llegaron los conquistadores y comenzaron a residir en nuestro continente, ocurrió un extraño fenómeno. No sólo vinieron a imponer sus costumbres y tradiciones, sino que por el contrario, tuvieron que aceptar en gran medida la forma de vida que se tenía previamente. La diferencia entre el nuevo territorio y su país de origen era tan amplia que tuvieron que adaptarse al modo en que vivían los nativos, hubo una contracultura..

El proceso fue largo y muy difícil, pero el aspecto en que más se refleja es en la comida. Los primeros años, consumían lo que el territorio conquistado ofrecía: frutas, verduras, productos que nunca antes habían probado. Con el paso del tiempo, trajeron a América vacas, bueyes, cerdos; cereales como trigo, avena, cebada, lentejas y arroz; caña de azúcar, etcétera.

El shock fue inmediato, las mujeres nativas de América eran, en su mayoría, las encargadas de preparar los alimentos tanto para la población que previamente residía aquí como para los españoles. Los conventos eran los privilegiados en recibir directamente los productos que llegaban desde el viejo continente. Fue en sus cocinas que la fusión se realizó.

Las cocineras residentes en los conventos pronto se dieron cuenta que los tamales, quedaban mejor si los batían con manteca, que el chocolatl quedaba mucho más rico si le ponían leche, que las tortillas eran mejores fritas y con queso por dentro. La comida mexicana, como la conocemos ahora, estaba naciendo.

Es claro, que desde aquellos años, hasta ahora ha cambiado mucho. La comida ha sufrido por todos los procesos históricos importantes, y ha evolucionado gracias a ellos. Al igual que nosotros, sufrió del mestizaje, tiene ingredientes de por aquí y de por allá. Ahora saben un poco más de nuestros alimentos, además de que, si bien, no siempre es la más nutritiva, al menos sí sabemos que en cuanto a sabor, difícilmente le ganan.