tas al agua y ramitas al fuego. Por la noche
cocinábamos un bife a las brasas y luego de
disfrutarlo le leía sus cuentitos en la carpa
para que se durmiera. Ni bien amanecía Nachito se despertaba, comenzaba un nuevo
día y me decía “tío despertate que salió el
Sol”. Tanto a mí, como a mi hermano Marcelo y como a nuestro amigo Sebastián no nos
quedaba otra que arrancar con el desayuno
(leche con chocolate calentita y galletitas)
para luego salir a caminar… Arrancábamos
río arriba, pasábamos por la cascada principal y seguíamos hasta unos acantilados bien
altos, a nuestras espaldas se encontraban
unos planchones de nieve, solo teníamos
que subir unos 250 metros, al llegar Nacho
gritaba de alegría, esta sería su primera vez
en la fría y esponjosa nieve, saltó, armamos
un pingüino y se deslizó varias veces. Luego
de un buen tiempo jugando comenzamos el
descenso hasta el campamento.
Allí almorzamos e inmediatamente nos fuimos a la zona de escalada: primero subí a
preparar el Top Rope, preparé el rapel y descendí. A Ignacio lo equipé con un arnés simple y con una cinta se prepara uno de pecho,
se unen ambos y se genera un arnés integral,
de esta manera no se corre ningún riesgo, ya
con su casquito puesto y encordado comienza a trepar de forma contundente. Evidentemente no tenía miedo de ningún tipo ya que
escaló varias veces.
Así, pasamos un fin de semana extraordinario, lleno de alegrías y emociones.
La última de las historias fue con Maite, en
ese entonces aún con 7 años viajamos a Villa
el Chocón, una zona de bahías y acantilados,
ideal para hacer rapel y escalar. Si bien con
Mai vivimos en una zona rural de la provincia
de Neuquén donde el entorno es natural, con
muy pocas edificaciones, ella aún no había
realizado esta actividad. Así, comenzamos
con algo de trekking descendiendo hasta la
arena, donde comimos, descansamos. Luego, utilizando unas jarillas de anclaje, armé
el rapel, la altura de éste superaba los 25 metros. En un momento uno se queda colgado
de la cuerda sin poder apoyar los pies. La experiencia fue excelente y a Maite le encantó.
Desde ese momento hemos escalado en Villa
el Chocón y Primeros Pinos, Ella entrena al
menos dos veces por semana en una palestra, el avance en estos dos años fue notable,
ha ganado fuerza y técnica.
A mi criterio en todos los casos los chicos
han aprendido muchas cosas divirtiéndose,
aprendiendo a convivir en un medio natural
adquieren importantes responsabilidades,
asumen riesgos y sobre todo trabajan valores fundamentales en la vida. Respeto y esfuerzo son cosas que los marcará continuamente en su camino.
Existen en muchas ciudades Clubes Andinos
y palestras que realizan actividades de montaña, escalada en roca y campamentos, con
precios accesibles y en donde predomina el
respeto al entorno natural, las normas de seguridad y, por sobre todo, el goce del contacto con el medio ambiente, sin las presiones
del deporte competitivo.
TodoAventura Noviembre 2013 65