¡VIEJOS Y VIEJAS DE MIERDA!
A LAS PERSONAS SIN DARSE CUENTA, SE LES ESCAPAN LAS PALABRAS SUCIAS. DEBE RECONOCERSE TAMBIÉN
QUE HAY MUCHA GENTE MUY EDUCADITA PERO BUENAZA PARA LAS CHUCHADAS.
S
Por
i retrocediéramos en el tiempo
en solo una década, creo que
sería muy difícil encontrar
publicidad para una obra de
teatro que se llamara: “Viejos de mierda”
(o Viejas de mierda). Sería impensable,
además de ordinario, agresivo y social-
mente repudiable. Un acto hostil y de muy
mala leche. Un desatino morrocotudo,
una grosería de tamaño mayor, una falta
de respeto a uno mismo y a los demás.
Pero eso era antes. Hoy, el lenguaje en
sus diferentes expresiones incluye muchas
palabrotas, para qué nos vamos a enga-
ñar. Claro que esto parece no inquietarle
a nadie. Por el contrario, la tendencia
va exactamente por el predominio de lo
chabacano, soez y grosero. El inadecuado
lenguaje de hoy se tomó los escenarios
y los públicos. Ya el singular Rumpi en su
momento marcó el inicio, masificándolo y
lo puso en cartelera. Y todos nos empeza-
mos cagar de la risa y el resto es historia.
Hoy, hombres, mujeres y niños, jóvenes
y viejos de todo el espectro social sienten
que están tácitamente autorizados para
decir malas palabras.
Para los efectos de esta crónica debo
necesariamente ponerme en onda por
lo que me permitiré “respetuosamente”,
identificar este tipo de argot con la
PATRICIO MUÑOZ PINTO
multifuncional expresión “chuchadas”.
Una palabra comodín para este popular y
amplio lenguaje soez, pero socialmente
bien asumido, recurrente y validado.
Esta crónica es un buen (o mal) ejemplo
de esto y aun cuando es una manera
comunicacional que no me disgusta per se,
creo que hay mejores lugares y momentos
para utilizarlo. Pero acepto también que
el lenguaje soez, inadecuado y prosaico es
parte de la expresión idiomática de cada
sociedad.
Aclaro que debe reconocerse también
que hay mucha gente muy educadita pero
buenaza para las chuchadas. Antaño el len-
guaje coprolálico era casi una exclusividad
de los barrios bajos de las ciudades, usado
por gente con muy poca educación y en
lugares de mala reputación. Uno de ellos
eran los prostíbulos. Por ello, esos antros
del pecado eran conocidos como casas
de tolerancia, ya que en esos espacios
de pecado efectivamente había mucha
tolerancia para hablar mal y especialmente
para portarse mal. Pero esto último tenía
otro precio. Es lo que se cuenta.
Por otra parte hay que reconocer
que los idiomas son como cuerpos vivos,
estructuras que se van desarrollando y
adecuando a los tiempos y a las circuns-
tancias. En estos tiempos es evidente
que se han incorporado no solo términos
proveniente de la tecnología, el avance
del conocimiento, las comunicaciones
electrónicas, la multiculturalidad de un
mundo cada vez más pequeño y cercano,
etc. Y en este escenario y contexto
geográfico-multicultural - lingüístico, esto
de usar como título para una obra humana
“Viejos y viejas de mierda”, no es más que
ponerse al día con los tiempos, la cultura y
las circunstancias.
Desde luego que esto genera un
muy curioso círculo vicioso: entre más
sabemos, más nos instruimos, viajamos,
agregamos información a nuestro acervo
cultural, más groseros y ordinarios para
hablar nos ponemos. Y ahora para escribir
también. ¿Qué huevada más rara no?
En el reciente Festival de Viña el len-
guaje indebido se tomó el poder. Todas las
rutinas de humor estuvieron acompañadas
por una cantidad abundante y reiterativa
de palabrotas “de grueso calibre”. Y creo
que si no hubiese sido así, los humoristas
no habrían sacado ni una puta sonrisa
del ya desaparecido respetable público.
Estoy convencido que si resucitara mi
santa abuela Clotilde, muerta hace más
de medio siglo y escuchara lo de hoy, se
volvería a morir y definitivamente. Digo
yo.
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