Revista Tarapacá Insitu Edición 12 - Page 7

UNA DECENA DE ENTREVISTAS A MUJERES DE TARAPACÁ, VINCULADAS DIRECTAMENTE A LOS SABERES ANCESTRALES, CIRCULA JUNTO A ESTA EDICIÓN DE NUESTRA REVISTA. UN DOCUMENTO ÚNICO EN SU TIPO, QUE -ADEMÁS DE DIFUNDIR LAS PRÁCTICAS DE NUESTROS PUEBLOS ORIGINARIOS- PERMITE CONOCER LOS DOLORES QUE AÚN PERVIVEN EN SUS PROTAGONISTAS. foto: FRANCO MIRANDA P odríamos decir, sin temor a equivocarnos, que son sobrevivien- tes. Mujeres que han debido lidiar con decenas de prejuicios, con imposiciones culturales inexplicables y con la discriminación durante todo el proceso educativo, al punto de querer olvidar su cultura. A través de este suplemento, conocimos más de su lucha, de su trabajo diario y del futuro que esperan. Aquí, algunos extractos de esas entrevistas. Elena Mamani es Oriunda de Cariquima: “A mí me da pena que la juventud no hable nuestra lengua. Siento que no ponen interés en aprender, en ir a los pueblos, hablar con quienes saben. Esforzarse para poder hablar. Una niña jovencita se me acercó (en el transcurso de un seminario) y me dijo quisiera poder hablar como Usted. Pero yo lo aprendí porque fui a los pueblos, viví en los pueblos y rescaté la lengua”. Eva Mamani sufrió la discriminación en el colegio: “Cuando estuve en la ense- ñanza media sufrí un proceso de discriminación muy fuerte, muy dura. Los niños que no eran aymaras nos molestaban, se burlaban de nosotras… En esos años, recuerdo que una profesora buscó la estrategia para que pudiera enfrentar ese problema. De alguna manera me motivó con mis talentos, mis habilidades. Me decía: tú sabes la lengua, sabes tejer, sabes muchos relatos… podemos hacer talleres, para enseñarle a quienes no saben”. Wilma Mamani está orgullosa de sus ancestros y se le nota: “Hasta los cinco años viví en Colchane”, dice, junto a su familia. “En ese período aprendí la lengua, gracias a mi madre que es hablante aymara. Gracias a ella mantuve mi lengua y ahora estoy entregando mis conocimientos en el jardín. Es un jardín heterogéneo, donde enseñamos a niños desde los dos hasta los cuatro años. Es un jardín pequeñito, pero es muy hermoso porque hay niños de muchas nacionalida- des, es multicultural”. Aurora Cayo lleva la cocina en la sangre: “Empecé a cocinar a los cinco años. Mi madre iba a la chacra y no tenía con quien dejar a mi hermano chico que estaba enfermo. Había que darle comida. Entonces mi mamá me dejó todo a cargo, a los cinco años, imagínese. Recuerdo que ella me dejó todos los ingredientes con que debía preparar el almuerzo, pero no me dijo cómo hacerlo. Sólo me dio instrucciones de cómo atizar el fuego”. Gilda Palape nació en Coscaya y le tocó sufrir la chilenización: “A mi pueblo no llegaba la huella (el camino). Cuando llegó, yo tenía como 5-6 años; y con el camino llegaron las rondas médicas y llegó el profesor. Entonces, se nos negó la práctica de nuestras costumbres. El profesor me decía: tú no tienes que comer maíz, porque las gallinas comen maíz. Tú tienes que comer pan. Otra cosa: mi papá tenía vacas y yo sacaba la leche en un tarro lechero, para después tomar, pero llegó la leche de Cáritas Chile y se nos prohibió tomar nuestra leche. O sea, nos fueron cambiando los hábitos alimenticios”. Yolanda Vilca se crio en el Valle de Azapa en Arica, a cargo de su abuelita: “Mis padres se separaron, cuando era niña, así que quedé a cargo de mi abuelita Mauricia. Siempre estuve en el valle, entremedio de los corderos, de los árboles, de las aceitunas… y nunca hablé castellano, cuando pequeña. Sólo aymara, porque ella no sabía castellano. Yo siempre hablé aymara; nunca me olvidé de mis ancestros, de mis tradiciones. Aprendí las canciones también, todo lo que mi abuelita cantaba no lo he olvidado. Tengo canciones que he recopilado de ella y que las tengo grabadas en mis discos”. Reyna Cáceres partera: “En una oportunidad me tocó ir a ver a una señora que estaba teniendo guagüita, con mi mamá. Vamos a verla, me dijo. A lo mejor ya tuvo la guagua; está solita. Ahí veo a la señora que pujaba y pujaba… Y la guagua no nacía. Entonces me ofrecí a ayudarla y le dije, sin saber nada del parto: le veo como viene la guagua. Y cuando la toqué me di cuenta que la guagua venía mal. Entonces, le dije que cuando se le pasara el dolor, yo la iba a arreglar. No sé de dónde me vino esa seguridad, si yo no sabía mayormente. Y la arreglé. Puse en posición a la guagüita”. Marcelina Choque ha tejido durante toda su vida: “Abrieron una cooperativa en Arica, que se llama kantati, y ellos me pidieron que les vendiera lana de alpaca hilada, de 500 gramos, de 800 gramos, de un kilo. Así que ahí empecé, hilando. También trabajamos la lana de angora, de conejo. Después algunas compañeras comenzaron a tejer. Primero con telar de dos pedales, que nunca había usado. Así que aprendí y se me hizo fácil. Comenzamos a tejer y trabajé como diez años en una cooperativa de Arica y después hice un grupo acá en Pozo Almonte, aparte”. María Challapa, oriunda de Chulluncane: “Mi mamá me enseñó a tejer desde mi infancia. Aprendí a hilar y después a tejer; me hacía mis propias vestimentas. Estuve como hasta los 35 años en mi pueblo y después me vine a Pozo Almonte. Me casé, tuve mis hijos, todo. Tuve 11 hijos, siete mujeres y cuatro hombres. Mi mamá era la que atendía el parto. Después me tuve que venir porque no había enseñanza media para mis hijos; sólo podían hacer hasta octavo y tenían que venirse al internado... así que nos pusimos de acuerdo con mi esposo y nos vinimos a Pozo”. tarapacáinsitu 7