Revista Scientific Volumen 3 / Nº 8 - Mayo-Julio 2018 | Page 141

Desde que el hombre comenzó a vivir en comunidad, implementó una serie de códigos que le permitieran compartir conciencia social, es decir un sentido compartido con la comunidad de su realidad; los inicios de la civilización en aspectos de convivencia parecen estar instaurados en un sistema de aparente igualdad en las relaciones sociales, de organización social y cultural. Desde su subjetividad las diferencias entre hombre mujer no establecía diferencia a la hora de afrontar cargos de trabajo y de poder. Sin embargo, a medida que pasa el tiempo el poder, el conocimiento y nuevas dinámicas sociales, transformaron los significados grupales, la instauración de un modelo monoteísta partiendo de los judíos transforma el mundo dual de poder en el mundo androcéntrico, donde el sesgo que se instauró en el nuevo imaginario social sobre la información y formación de la mujer. Con este sistema de conciencia social se garantizó en primer lugar el control sobre las conductas sociales, donde el sistema binario hombre-mujer tenía sus estereotipos culturales normativos limitando su participación dentro de los lineamientos establecidos desde relaciones de dominación. En estas lógicas socio simbólicas que reproduce y legitiman diferencias de poder como lo planteó Michael Foucault, las lógicas de poder necesitan de mecanismos de control y dominación que permitan legitimar sus prácticas. El mayor avance a mediados del siglo XX, fue la creación de la pastilla anticonceptiva, que permitió a la mujer la reapropiación de su cuerpo, encontrarse nuevamente con una sexualidad castrada y negada, comenzando la verdadera independencia asumiendo la naturaleza hasta cierto punto castrada hasta ese momento. Sin embargo, el camino de la sexualidad como construcción social de las expresiones biológicas, emocionales y relacionales aún se encuentra influenciada por un contexto cultural que se sostiene sobre el patriarcado. 140 Artículo 1. Introducción