Desde que el hombre comenzó a vivir en comunidad, implementó una
serie de códigos que le permitieran compartir conciencia social, es decir un
sentido compartido con la comunidad de su realidad; los inicios de la
civilización en aspectos de convivencia parecen estar instaurados en un
sistema de aparente igualdad en las relaciones sociales, de organización
social y cultural. Desde su subjetividad las diferencias entre hombre mujer no
establecía diferencia a la hora de afrontar cargos de trabajo y de poder.
Sin embargo, a medida que pasa el tiempo el poder, el conocimiento y
nuevas dinámicas sociales, transformaron los significados grupales, la
instauración de un modelo monoteísta partiendo de los judíos transforma el
mundo dual de poder en el mundo androcéntrico, donde el sesgo que se
instauró en el nuevo imaginario social sobre la información y formación de la
mujer.
Con este sistema de conciencia social se garantizó en primer lugar el
control sobre las conductas sociales, donde el sistema binario hombre-mujer
tenía sus estereotipos culturales normativos limitando su participación dentro
de los lineamientos establecidos desde relaciones de dominación. En estas
lógicas socio simbólicas que reproduce y legitiman diferencias de poder como
lo planteó Michael Foucault, las lógicas de poder necesitan de mecanismos de
control y dominación que permitan legitimar sus prácticas.
El mayor avance a mediados del siglo XX, fue la creación de la pastilla
anticonceptiva, que permitió a la mujer la reapropiación de su cuerpo,
encontrarse nuevamente con una sexualidad castrada y negada, comenzando
la verdadera independencia asumiendo la naturaleza hasta cierto punto
castrada hasta ese momento. Sin embargo, el camino de la sexualidad como
construcción social de las expresiones biológicas, emocionales y relacionales
aún se encuentra influenciada por un contexto cultural que se sostiene sobre
el patriarcado.
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Artículo
1. Introducción