“
El Buen Pastor,
el Buen Ladrón1
Por: Víctor Manuel Pérez Mestre.
solo las madres saben y quieren hacerlo.
“¿Por qué, Dimas, por qué? Si sólo por
un momento le dieras tu corazón al Dios
de Israel Él te enseñaría un mejor cami-
no, serías feliz y todos lo seríamos con-
tigo… Piénsalo algún día -así sea para ti
el último- Él te mostrará su Misericordia
y todos los esfuerzos y cada una de las
lágrimas de quienes siempre te hemos
querido bien no habrán sido en vano…
Algo en tu vida te hará ver Su Amor, y
allí encontrarás un sentido, algo que te
cambie el corazón…”
“Este viernes es de plomo. Gris
el cielo, gris el monte final, grises esos
momentos últimos”, piensa Dimas para
sus adentros. “De ese perpetuo gris os-
curo que ha teñido mi vida pareciendo a
cada momento resbalarse hacia el negro,
Pero nada, nunca, hasta ese
hasta que cuando ya el oscurecimiento
se anunciaba fatal, siempre alguien me momento. Y… sí, robar había sido un
acercaba un poco de luz que me mante- camino rápido y que se presentaba de-
masiado cómodo y fácil. Siempre había
nía en la indefinición”.
incautos en esa conocida Jerusalén, que
Sabe que ya no queda mucho, y él había visto dividida con simpleza en-
hace un esfuerzo final por repasar la que tre víctimas y victimarios. Y nunca quiso
ha sido su vida… ¿Habrá valido la pena, estar entre los primeros, claro. Una vía
tantas penas…? Las lágrimas de su ma- ancha, holgada, para siempre a mano
dre con cada una de sus malandanzas… para doblegarla a su servicio. Hasta ha-
Las angustias de su padre, que quería cía pocos días. Muchos habían sido sus
hacerlo pastor como lo eran sus herma- delitos y casi todos los últimos los había
nos, como lo fueron todos los hombres perpetrado asociado a su cómplice Ges-
de su familia… La vergüenza al saberlo tas, pero un traspié y el brazo de la ley
uno de ellos de ésos, sus propios herma- de los hombres los había alcanzado. Y
nos, que habían sostenido sus hogares allí estaban, crucificados ambos en su-
con dignidad en su pobreza mediante su plicio de muerte, esperando sus puntos
trabajo honrado… La tristeza de aque- finales.
lla muchacha buena, que lo quiso bien y
Empero, no estaban solos. En-
que lo dejó, espantada finalmente de sus
temeridades nefastas y de sus siniestras tre ambos, aquel Hombre, galileo como
él mismo, padeciendo infinitamente. Mal
compañías…
que mal, ellos estaban juntos allí; Él se
De todas esas injurias y dolores, enfrentaba solo a su destino.
las peores las había sufrido su madre,
No sabía demasiado bien quién
porque ella esperaba siempre algo bueno
de él, aún contra toda esperan