Una tardecita, un amigo de su difunto esposo que aún vivía en Cerro Bur-
gos le contó a Hortensia, que los paracos sabían que ella era prima del
líder que asesinaron en Burgos, le insistió que corría peligro porque que-
rían desquitarse con ella, porque sú primo durante el combate mató a un
cabecilla de los paracos.
Si no tuviera esta niña agarraría el monte, le dijo Hortensia, pero a este
angelito no lo dejo por nada del mundo y sigo con el sueño que ella sea
una doctora. El vecino pensó que a la viuda comenzaba a “patinarle el
coco” por tanta carga de desgracias.
No soy la primera desplazada se dijo para sí misma, mientras hacía su
maleta. Su natal Monterrey ya disminuido por los desplazamientos la vio
embarcarse en el viejo camión de línea que salía para San Pablo todos los
días a las seis de la mañana, de su partida sólo informó al Presidente de
la Junta de Acción Comuna, le dijo en medio de lágrimas mi rancho y lo
que no me llevo es de la comunidad.
A eso de las 10 de la mañana, con una mezcla de nostalgias y miedos
recubiertos de recuerdos tristes, cruzaron el río Magdalena en el destar-
talado Ferri, que por esos días estaba recién reparado.
Una barranca bermeja por la sangre
Barranca, la llamada ciudad petrolera donde Hortensia y su esposo ha-
bían bautizado a Nina hacía 6 años, se le mostraba ahora como una tierra
extraña, agresiva y de miedo, donde los militares con cascos de guerra y
fusiles en disposición de combate se cubrían la espalda en cada esquina,
mientras sus pobladores hacían su vida en medio de la guerra y donde
los muertos ya no eran noticia, porque los tiroteos, regueros de sangre y
el terror se habían convertido en parte del paisaje, tragedia que no aca-
baba la alegría de los barranqueños, mezcla mágica de santandereanos y
costeños, con una herencia de guerra desde siempre.
En el Barrio La Esperanza Doña Encarnación las acogió fraternalmente
y al recibirlas le explicó que podía encontrar trabajo en Bucaramanga
como empleada doméstica; así que en la mañana antes del amanecer,
entre el aroma del café caliente, las lágrimas y los abrazos, las despidió
para embarcarlas en un bus de Copetran hacia su nuevo destino.
MEMORIA COLECTIVA
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