Revista Insurrección Insurrección 705 | Seite 41

Una tardecita, un amigo de su difunto esposo que aún vivía en Cerro Bur- gos le contó a Hortensia, que los paracos sabían que ella era prima del líder que asesinaron en Burgos, le insistió que corría peligro porque que- rían desquitarse con ella, porque sú primo durante el combate mató a un cabecilla de los paracos. Si no tuviera esta niña agarraría el monte, le dijo Hortensia, pero a este angelito no lo dejo por nada del mundo y sigo con el sueño que ella sea una doctora. El vecino pensó que a la viuda comenzaba a “patinarle el coco” por tanta carga de desgracias. No soy la primera desplazada se dijo para sí misma, mientras hacía su maleta. Su natal Monterrey ya disminuido por los desplazamientos la vio embarcarse en el viejo camión de línea que salía para San Pablo todos los días a las seis de la mañana, de su partida sólo informó al Presidente de la Junta de Acción Comuna, le dijo en medio de lágrimas mi rancho y lo que no me llevo es de la comunidad. A eso de las 10 de la mañana, con una mezcla de nostalgias y miedos recubiertos de recuerdos tristes, cruzaron el río Magdalena en el destar- talado Ferri, que por esos días estaba recién reparado. Una barranca bermeja por la sangre Barranca, la llamada ciudad petrolera donde Hortensia y su esposo ha- bían bautizado a Nina hacía 6 años, se le mostraba ahora como una tierra extraña, agresiva y de miedo, donde los militares con cascos de guerra y fusiles en disposición de combate se cubrían la espalda en cada esquina, mientras sus pobladores hacían su vida en medio de la guerra y donde los muertos ya no eran noticia, porque los tiroteos, regueros de sangre y el terror se habían convertido en parte del paisaje, tragedia que no aca- baba la alegría de los barranqueños, mezcla mágica de santandereanos y costeños, con una herencia de guerra desde siempre. En el Barrio La Esperanza Doña Encarnación las acogió fraternalmente y al recibirlas le explicó que podía encontrar trabajo en Bucaramanga como empleada doméstica; así que en la mañana antes del amanecer, entre el aroma del café caliente, las lágrimas y los abrazos, las despidió para embarcarlas en un bus de Copetran hacia su nuevo destino. MEMORIA COLECTIVA 41