nobles como la violación de las mujeres sufridas en el 2018‒ entonces no podemos criticar la obra, porque se confunden la descalificación de la obra como obra artística con la censura o la represión de temas sensibles.
Recuerdo, por ejemplo, un vídeo donde unos hombres enfrentaban, en una galería que recogía obras de denuncia social, a la galerista. Entre las obras, había una que llamó la atención de los tipos. Decía ser producida en contra de la guerra de Vietnam: eran lienzos pintados de negro. Los hombres le hicieron varias preguntas a la mujer y al final ella terminó llorando y a ellos los echaron del
museo. ¿Qué le dijeron los tipos?
Que no entendían.
¿Qué sentido tenía exponer algo contra la violencia de la guerra de Vietnam si eso ya había pasado? Por qué no, por ejemplo, exponer algo respecto a lo que está ocurriendo en medio oriente. La conclusión es simple: la agenda política
de Estados Unidos impide estos temas. Es más fácil hablar de la violencia del pasado que hablar de lo que de verdad ocurre hoy. Y esa mujer recurre entonces al chantaje emocional, haciéndose a sí misma una víctima y descalificando los comentarios sobre la obra como si esta no pudiera ser criticada por el simple hecho de hablar de un tema “sensible”.
¿Entonces el arte debe mostrar fotografías como la del niño inmigrante muerto en las playas de Turquía? ¿O contar la historia sin censura de la violación de una joven? El problema de la prensa, y pasa lo mismo con algunas obras de arte, es que muestran, los problemas sin que haya una consciencia real de los mismos: nos “muestran” consecuencias: muerte y ruina.
Pero y lo que está de fondo, ¿qué?
Es un problema estructural: la muerte del niño en Turquía y la masacre de los líderes sociales en Colombia tienen más en común de lo que creemos y muchos artistas, solo nos dicen que sí, que se murieron, que qué triste, que no debería pasar. Y ya está. Nos muestran casos aislados que parecen no tener una razón real de peso, sino que son cosas que pasan y ya. Y que hay que evitarlas, pero no las pensamos realmente.
No las vemos, las consumimos, nos lamentamos y las olvidamos.