Revista El Balcón: Cuestión de género V. 4 | Page 23

¿Qué son los artistas si no intelectuales ajenos a todo gobierno? Unos anarquistas –si se quiere- que a partir de sus lecturas, reflexiones, obras y conocimientos del mundo son capaces de renegar del orden de las cosas, criticando lo que el poder marca como preferible y que quizás no lo es tanto. Pero a veces no basta solo decirlo.

La historia se escribe en la memoria de las personas y si una obra pasa como si nada ¿Qué nos queda? Hablo, específicamente, de esas historias de prensa de fácil lectura y contenido simplón que difícilmente recordaremos; o de esas instalaciones en los museos que vemos sin entender, que no nos suscitan reflexión alguna y cuyo estatuto de arte depende exclusivamente de que estén puestas en un espacio determinado con un letrero al lado que nos indique que lo que vemos es arte y una consigna simplona cargada de ideas fáciles de extraer de filósofos o pensadores contemporáneos. Una puerta dañada, al lado, una consigna sobre la des-fantasmagorización “según Bejamin”. Y ya está: tenemos arte. Tenemos obra.

Hay quienes juzgan que una obra no tiene que ser perdurable, que no tiene que ser exclusiva. Duchamp se opuso a este fetiche del arte sublime: firmó un orinal con su nombre y lo llamó obra de arte. Fue revolucionario. Luego firmó otros tantos y los vendió por una millonada.

¿Qué nos queda, en realidad, de todo esto? El arte se volvió lo que el artista, el museo y la editorial denominaron arte. En la literatura todo el que escriba bien: con buena redacción, ortografía y coherencia, es ya un escritor. ¿Sus obras? –mis propias obras, por qué no- sacadas, seguramente, de manuales de escritura: repetición de ideas y lugares comunes que sólo demuestran lo que se ha leído en columnas de opinión.

Me pregunto en dónde quedaron esas ideas drásticas que enloquecían a cierto público. La mayoría de ellas se las dejamos a los políticos. Que las piensen ellos, que lo mío es pensar mi vida. Lo mío es levantarme y darme ánimos frente al espejo: que todo saldrá bien mientras yo haga lo que debo ‒y el mundo desbaratándose alrededor‒. La vida del otro apenas si me importa. O peor aún, puede que ni mi vida me valga una mierda y entonces prefiero quejarme y sufrir mis propios dramas inventados.

Ahora tenemos a los artistas que, con aires de superioridad moral, hablan de lo social, de la importancia de hablar de la política y de la violencia, sobre todo en América del sur. Pero no son más que consignas vacías, nuevamente. Creo que alguien que canta punk y es arrestado en el escenario tiene más que decir ‒y piensa más y mejor‒ que aquel a quien el estado le otorga millones de pesos para hacer una escultura dizque en homenaje a las víctimas de la violencia en Colombia.

La verdad es que si el estado financia la guerra ¿qué podemos esperar de una obra sobre el conflicto en el que él mismo invierte el dinero? Claro, soy desconfiada del estado y siento una aversión total por “sus buenas intenciones”. Para mí son solo camuflaje. Pero no puedo confiar en un ente que censura las marchas y protestas de los estudiantes pero que con orgullo “valora el arte”.

Hay que ver qué entienden ellos por arte: fundir armas y volverlas baldosas de piso. ¿Dónde quedó la trascendencia de esa obra que pretendía recordarnos por siempre que la paz es preferible que la guerra? Si no hay testimonio de lo que sea que quiso “expresar” el artista con ese “contra-monumento” cualquiera pasará por encima del suelo rugoso y lo único que lo hará sospechar ‒si es que a alguien le importa sospechar sobre algo raro en él‒ será su locación, es decir, el museo.

En trecientos años Doris Salcedo será nada y la gente seguirá admirando al David –si es que el puritanismo le permite seguir desnudo– o seguiremos observando, con gran interés, las balsas de oro robadas por la corona española.

Avelina Lésper usa un término fantástico respecto a este tipo de obras que utilizan indiferentemente el tema de la violencia ‒que parece más una forma de hacerse a la fama‒: el chantaje emocional. Si la obra habla de tema nobles ‒como la violación de las mujeres sufridas en el 2018‒ entonces no podemos criticar la obra, porque se confunden la descalificación de la obra como obra artística con la censura o la represión de temas sensibles.