para almorzar, unos frijolitos con
coles como es costumbre en nuestra
región. Llega, me saluda de beso,
y veo que está más cachaca de lo
normal, allí noto que el tema es muy
importante para ella y que por ende
debo ser discreto con lo que pueda
decir; nos sentamos y empezamos a
conversar. Empieza a contarme de-
talles de cómo estaba vestida aquel
día: Vestido rojo, zapatillas negras,
y un bolso que le había regalado su
hija de cumpleaños. Vivía al norte
de la ciudad, al lado de su vecina
más querida a quien conocían como
“Doña Marleny la de las arepas”,
quien aparte de vivir a su lado fue su
amiga de infancia.
Al fin llegan los platos a la mesa,
dando esto un silencio que luego
rompe con un suspiro; le pregunto
qué le abate, a lo que me responde
con un “Aunque fue un corto suceso,
es una larga historia, así que em-
pezaré de una vez”. Siendo la 1:40
de la tarde, aquel día de la tragedia,
cuenta Ire, se encontraba en la sala
con su esposo viendo el noticiero,
todo era normal y de repente se es-
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cuchó un fuerte ruido, una explosión,
en ese momento pensaron que era
una bomba; tomó a su esposo de
la mano y salieron hacia la puerta
principal, dándose cuenta luego, de
que era un temblor y no cualquiera,
uno de gran magnitud. Sentía a su
espalda que todo el lugar se caía,
su hogar se derrumbaba tratando
de alcanzarlos. Logrando salir, ven
cómo en su totalidad, su casa, se
viene abajo. Asiente su cabeza y con
voz suave y temblorosa comenta:
“Considero que
fue más fuerte
aún ver la gen-
te que corría,
gritaba, que pe-
día auxilio, ver
que al frente de
mí había una
casa de bare-
que de 3 nive-
les, la cual se
desplomó en
nuestros ojos,
con gente ca-
yendo de ella.”
Esta causó una fuerte nube de polvo,
se veía la gente gritar, correr, era un
caos total, cuenta que fue de tanto
impacto para ella que en ese momen-
to solo escuchaba, aturdida, el sonido
de vidrios quebrándose y cayendo
con fuerza, no sabía en realidad en
ese momento qué era lo que estaba
ocurriendo, estaba como en un mo-
mento de incógnita, era un gran terre-
moto. La ansiedad de ambos en ese
momento era tan fuerte que no sa-
bían qué hacer, bregaban a ayudas,
pero la misma multitud de gente no
Foto de la Alcaldía de Pereira
La zona de la antigua galería de Pereira en los años 90
Han pasado 20 años han pasado
desde que un terremoto devastó
el 75 % de Armenia (Quindio)
y que demostró la pujanza y
trabajo duro de los nacidos en
el eje cafetero. La tragedia dejó
más de 1.400 muerto y 200.000
personas perdieron todo.
La ciudad perdió su institucio-
nalidad y seguridad, pues co-
lapsaron los edificios de la esta-
ción de Bomberos; el Comando
de la Policía del Quindío, donde
murieron 18 miembros de la
institución; asimismo, la sede
de la Defensa Civil y el Batallón
del Ejército
lo permitía. Esperaban con prontitud
el cuerpo de bomberos, ayuda, pero
no llegaban, lo que no sabían es que
ellos también estaban destruidos, sus
sedes principales habían caído.
El suceso es algo que ella aún no
sabe ni cómo explicar, expresa, los
sentimientos son encontrados, es un
día frío, sus ojos se encharcan; le
paso una servilleta para que pueda
secar sus lágrimas y le digo que res-
pire. Luego de unos minutos, decide
seguir con el relato. Cuenta ver pasar
camionetas con muchísimos cuerpos
mutilados, demasiados heridos, el
desespero, la ansiedad de la gente
por encontrar su familia; “A pesar de
que no perdí a ningún ser querido,
igual está el dolor ajeno. Gracias a
Dios salimos ilesos. A los dos días
viajamos para acá, para Santa Rosa
de Cabal, donde vivían unos familia-
res, ellos nos apoyaron con darnos
abrigo y vivienda ya que quedamos
sin nada. Uno no debe ser apegado
a las cosas materiales, pero también
es muy difícil ver lo que con tanto
esfuerzo uno consigue, se pierde de
un momento a otro. Pero luego uno
analiza y lo más importante es estar
vivo y estar bien y hoy le doy gracias
a Dios por darnos a mí y a mi espo-
so una nueva oportunidad de vida.”
Su familia les apoyó muchísimo al
principio, les dieron empleo y poco a
poco fueron superando la situación.
En este momento tiene dos hijos y
uno de ellos acaba de tener a una
bebé, lo que la llena más de gratitud,
porque es lo que siempre soñó y
que por un minuto más dentro de su
casa aquel 25 de enero, no tendría
ese privilegio. Noto que, a pesar de
su felicidad, está abatida, exhausta
del tema; así que decido dejar allí
por ahora. Terminamos de almorzar,
pago la cuenta y le acompaño hasta
su casa. En el trayecto, se detiene
y me dice: ¿ves este vestido? Es
en un ochenta porciento parecido al
que tenía ese día, y más aún, tam-
bién me lo dio mi hija. Llegamos a
su casa y antes de despedirnos, me
agradece. Me dice que es bueno li-
berar ese tipo de cosas a veces, ha-
blar de ello, reflexionar y aprender.
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