Revista DOSIS 6.1 DOSIS 6.1 NORMAL | Page 32

para almorzar, unos frijolitos con coles como es costumbre en nuestra región. Llega, me saluda de beso, y veo que está más cachaca de lo normal, allí noto que el tema es muy importante para ella y que por ende debo ser discreto con lo que pueda decir; nos sentamos y empezamos a conversar. Empieza a contarme de- talles de cómo estaba vestida aquel día: Vestido rojo, zapatillas negras, y un bolso que le había regalado su hija de cumpleaños. Vivía al norte de la ciudad, al lado de su vecina más querida a quien conocían como “Doña Marleny la de las arepas”, quien aparte de vivir a su lado fue su amiga de infancia. Al fin llegan los platos a la mesa, dando esto un silencio que luego rompe con un suspiro; le pregunto qué le abate, a lo que me responde con un “Aunque fue un corto suceso, es una larga historia, así que em- pezaré de una vez”. Siendo la 1:40 de la tarde, aquel día de la tragedia, cuenta Ire, se encontraba en la sala con su esposo viendo el noticiero, todo era normal y de repente se es- 32 cuchó un fuerte ruido, una explosión, en ese momento pensaron que era una bomba; tomó a su esposo de la mano y salieron hacia la puerta principal, dándose cuenta luego, de que era un temblor y no cualquiera, uno de gran magnitud. Sentía a su espalda que todo el lugar se caía, su hogar se derrumbaba tratando de alcanzarlos. Logrando salir, ven cómo en su totalidad, su casa, se viene abajo. Asiente su cabeza y con voz suave y temblorosa comenta: “Considero que fue más fuerte aún ver la gen- te que corría, gritaba, que pe- día auxilio, ver que al frente de mí había una casa de bare- que de 3 nive- les, la cual se desplomó en nuestros ojos, con gente ca- yendo de ella.” Esta causó una fuerte nube de polvo, se veía la gente gritar, correr, era un caos total, cuenta que fue de tanto impacto para ella que en ese momen- to solo escuchaba, aturdida, el sonido de vidrios quebrándose y cayendo con fuerza, no sabía en realidad en ese momento qué era lo que estaba ocurriendo, estaba como en un mo- mento de incógnita, era un gran terre- moto. La ansiedad de ambos en ese momento era tan fuerte que no sa- bían qué hacer, bregaban a ayudas, pero la misma multitud de gente no Foto de la Alcaldía de Pereira La zona de la antigua galería de Pereira en los años 90 Han pasado 20 años han pasado desde que un terremoto devastó el 75 % de Armenia (Quindio) y que demostró la pujanza y trabajo duro de los nacidos en el eje cafetero. La tragedia dejó más de 1.400 muerto y 200.000 personas perdieron todo. La ciudad perdió su institucio- nalidad y seguridad, pues co- lapsaron los edificios de la esta- ción de Bomberos; el Comando de la Policía del Quindío, donde murieron 18 miembros de la institución; asimismo, la sede de la Defensa Civil y el Batallón del Ejército lo permitía. Esperaban con prontitud el cuerpo de bomberos, ayuda, pero no llegaban, lo que no sabían es que ellos también estaban destruidos, sus sedes principales habían caído. El suceso es algo que ella aún no sabe ni cómo explicar, expresa, los sentimientos son encontrados, es un día frío, sus ojos se encharcan; le paso una servilleta para que pueda secar sus lágrimas y le digo que res- pire. Luego de unos minutos, decide seguir con el relato. Cuenta ver pasar camionetas con muchísimos cuerpos mutilados, demasiados heridos, el desespero, la ansiedad de la gente por encontrar su familia; “A pesar de que no perdí a ningún ser querido, igual está el dolor ajeno. Gracias a Dios salimos ilesos. A los dos días viajamos para acá, para Santa Rosa de Cabal, donde vivían unos familia- res, ellos nos apoyaron con darnos abrigo y vivienda ya que quedamos sin nada. Uno no debe ser apegado a las cosas materiales, pero también es muy difícil ver lo que con tanto esfuerzo uno consigue, se pierde de un momento a otro. Pero luego uno analiza y lo más importante es estar vivo y estar bien y hoy le doy gracias a Dios por darnos a mí y a mi espo- so una nueva oportunidad de vida.” Su familia les apoyó muchísimo al principio, les dieron empleo y poco a poco fueron superando la situación. En este momento tiene dos hijos y uno de ellos acaba de tener a una bebé, lo que la llena más de gratitud, porque es lo que siempre soñó y que por un minuto más dentro de su casa aquel 25 de enero, no tendría ese privilegio. Noto que, a pesar de su felicidad, está abatida, exhausta del tema; así que decido dejar allí por ahora. Terminamos de almorzar, pago la cuenta y le acompaño hasta su casa. En el trayecto, se detiene y me dice: ¿ves este vestido? Es en un ochenta porciento parecido al que tenía ese día, y más aún, tam- bién me lo dio mi hija. Llegamos a su casa y antes de despedirnos, me agradece. Me dice que es bueno li- berar ese tipo de cosas a veces, ha- blar de ello, reflexionar y aprender. 33